TRASTORNOS VS. PROBLEMAS DE APRENDIZAJE  

 

 
 
 

 

AUTOR MIGUEL CINTRÓN FIGUEROA
E-MAIL mikillo@yahoo.com

 

¿Qué son y qué no son trastornos y/o problemas de aprendizaje?

Por

Miguel Cintrón Figueroa

 

Contenido

 El primer día y las buenas intenciones. PAGEREF _Toc84696963 \h 3

¿Qué no son problemas ni trastornos del aprendizaje?. PAGEREF _Toc84696964 \h 6

Patrones de habilidades y destrezas. PAGEREF _Toc84696965 \h 8

La personalidad del alumno. PAGEREF _Toc84696966 \h 9

Resistencia. PAGEREF _Toc84696967 \h 11

Ahora sí, de vuelta a la realidad…... PAGEREF _Toc84696968 \h 15

El primer día y las buenas intenciones

Primer día de clases.  Tú, profesor, te preparas a ingresar al aula donde comenzarás a impartir tus clases durante el siguiente año escolar.  Desde la mañana, ese cosquilleo extraño en tu estómago ha venido circulando por todas tus vísceras…  No importa qué tan bien domines tu materia, ni qué tan bien te hayas capacitado en tu Taller de Actualización, cada año te sucede lo mismo:  inquietud ante un grupo nuevo.

Ingresas por fin a tu aula, dejas tus materiales de trabajo en el escritorio y comienzas el pase de lista.  ¿Qué te espera este año?  ¿Cómo serán tus alumnos?  Estas y muchas otras preguntas cruzan tu mente al tiempo que vas viendo las caras recién bañadas de tus alumnos cada que se levantan y dicen “presente” al escuchar su nombre.  Por fin, una vez que terminas el pase de lista comienzas la presentación del curso…

Y así nos pasa a todos.  Y, ciertamente, nunca esperamos problemas con un grupo a pesar de escuchar, una y otra vez, en la sala de profesores o en la prefectura, si tal o cual grupo, tal o cual alumno, si tal o cual problema;  no importa toda la información que hayamos recibido, y tampoco importa si estamos o no influenciados por esa misma información, siempre esperamos cumplir nuestro programa con la menor cantidad de problemas posibles.  Es innegable que, cada vez que cruzamos la puerta del aula de clase, siempre esperamos alumnos “normales”, “promedio”, nada excepcional y ni fuera de lo común y corriente.  Nunca esperamos encontrar un alumno silente, débil visual o carente de algún miembro de su cuerpo…  ¿Qué haces, profesor, cuando ingresas a un aula y encuentras a un alumno con alguna de las características antes dichas?

Tal vez, dentro de la dificultad docente que implica planear actividades particulares e integradas, hasta cierto punto es más sencillo trabajar con alguien que, de antemano, cuenta con un apoyo extraescolar.  La colaboración entre docentes y educadores especiales se torna entonces cercana, comparando resultados, avances y compartiendo actividades particulares para el alumno en cuestión.  Fácil, ¿no?

Pero imagina la situación siguiente:  ingresas a tu aula, comienzas tu sesión de trabajo todos los días, entras y sales, das clases, evalúas y… en algunos casos, dentro de una media estándar, localizas alumnos que, misteriosamente, sacan significativamente mas bajas notas que el resto del grupo.  Otros alumnos más,, con mucha dificultad han mantenido un cierto nivel de atención a tu clase;  algún otro, perdido entre sus compañeros, comienza a mostrar ausencias, miradas perdidas…  Y, ¿qué haces con aquella niña que llega, de repente, amoratada?  Te la complico un poco más:  esta misma alumna llora a escondidas en el baño y cuando se le pregunta “¿qué tienes?”, resulta que no tiene nada.

Como esa alumna todos los días enfrentamos grandes dificultades ante algunas problemáticas probables en el aula, muchas de las cuales no nos mencionaron en la Escuela Normal.  Debemos reconocer y aceptar que nuestra educación inicial como docentes nos ha enseñado, precisamente eso, no tener problemas;  se nos ha enseñado que nuestros alumnos son sujetos normales, insertados en un contexto determinado, con un coeficiente intelectual estándar y –nada más alejado de la verdad- sin ningún problema más allá de los propios de la edad (infancia o adolescencia).

¿Estás listo para enfrentar alumnos que causan o presentan alguna especie de conducta “extraña” dentro del aula?  Considera que una de tus misiones como profesor es entregarle a nuestro país ciudadanos útiles para sí mismos, para sus familias y para México.  Igualmente, entre tus muchas funciones está el auxiliar a tus alumnos a para lograr su formación integral, emplear las técnicas adecuadas para hacer a los alumnos agentes de su propia formación y promover la participación de los padres de familia en la responsabilidad de educar[1].  Y recuerda:  esta misión y funciones deben de ser cumplidas más allá de las habilidades, saberes y destrezas propias del alumno, lo que quiere decir que cualquier alumno merece recibir de ti un trato igualitario y el cumplimiento de tus obligaciones magisteriales.

Tal vez esto te suene difícil y fuera de tu perfil profesional, si acaso eres de esos profesores que, simplemente, se dedicar a dar su clase o, como diríamos vulgarmente, “haces como que trabajas y hacen como que te pagan”.  Pero, si por el contrario, eres de esos profesores que consideran la educación como algo integral, es decir, algo cognitivo, social, afectivo y motriz, entonces espero que este documento te ayude en tu trabajo profesional.

Partimos, pues de que existen una serie de “si condicionales” más allá de las planeaciones docentes, de las decisiones administrativas y de los propios alumnos que afectan y, a veces, impiden el trabajo ideal del docente:  si el curso se corta antes de tiempo;  si el alumno no responde a mi didáctica;  si tiene un problema serio a nivel cognitivo;  si consume drogas;  etc.  De entre todo este universo de probabilidades que afectan nuestro trabajo magisterial deseamos centrarnos en unas situaciones muy específicas y determinadas.

¿Estás, profesor, preparado para conocer a tus alumnos en todas sus gamas y facetas?  Tal vez no, y para eso te regalamos estas líneas con la intención de ayudarte a identificar algunas conductas observables entre tus alumnos y tengas la capacidad de discriminar los llamados Trastornos del Aprendizaje y los Problemas del Aprendizaje de todas aquellas actitudes que no representan mayor nivel de complejidad.  A grosso modo intentamos que desarrolles habilidades profesionales de identificación y trabajo aúlico y, al mismo tiempo, tengas la capacidad de derivar a los alumnos con profesionales adecuados, participes con ellos y seas un intermediario, un interventor entre la escuela, los padres de familia, otros profesionales y el propio alumno.

En este primer documento, pues, procuramos entregarte los elementos mínimos para identificar lo que no es un trastorno o un problema de aprendizaje, pero que son, por así decirlo, conductas un tanto cuanto perturbadoras dentro del aula de clase y con la intención de que puedas manejarlas dentro de tu salón.  Posteriormente te haremos llegar un texto en el cual encuentres algunos criterios generales que te permitan identificar problemas y trastornos de aprendizaje así como las pequeñas modificaciones que a tu materia debes agregar para ayudar a esos chicos.  Por el momento deseamos sólo que desarrolles la habilidad para identificar aquellas conductas que requieren atención directa dentro del aula sin mayor intervención de otros profesionales.

Así, pues, te invito a dar este viaje en el conocimiento de tus estudiantes.
 

¿Qué no son problemas ni trastornos del aprendizaje?

Ciertamente, profesor, estamos ante una seria dificultad.  ¿Cómo identificar los trastornos y los problemas del aprendizaje y separarlos de los que no lo son?  No sé tú, pero en mi experiencia profesional como psicólogo es muy común escuchar de parte de profesores, padres de familia y otros agentes educativos la palabra “dislexia”.  Tal o cual alumno es “disléxico”, dicen.  Es triste, pero cierto, que en muchas ocasiones tendemos a la generalización de los problemas y trastornos del aprendizaje con ciertos conceptos que, en la mayoría de las situaciones, ni siquiera se acercan al verdadero problema del menor.

Y, precisamente, una de nuestras intenciones al presentarte las siguientes líneas es que tú sepas diferencias cuáles no son problemas y trastornos clínicos, enfrentarlos y, lo más importante, educar a esos menores un tanto cuanto diferentes al grueso poblacional de nuestras escuelas, generando algunas estrategias didácticas y pedagógicas que alcancen el fin último de la educación:  construir, enseñar y desarrollar saberes, actitudes, saberes y destrezas.

Como mencionamos anteriormente, uno de las dificultades de la práctica docente proviene del supuesto de trabajar con personas “normales”, y nuestras primeras dificultades provienen de este mismo supuesto.  ¿Qué haces cuando un alumno deja de prestar atención?  ¿O distrae frecuentemente a sus compañeros?.  Podemos ir más allá:  ¿qué hacer cuando, por más que lo intenta, la materia “no le entra”?  Tienes varias opciones, entre las más radicales esta esa de llamar al prefecto y promover castigos, suspensiones y hasta la expulsión de la institución;  otra de tus alternativas es ignorar al alumno y, al final del curso, aprobarlo para que sea problema de otro profesor, ya no el tuyo.

El supuesto de alumnos normales es válido si partimos de la idea básica planteada por el proyecto general de la Escuela Integrada, el cual plantea, de manera general, que los alumnos con ciertas necesidades educativas especiales son “normales” cognitivamente.  Una cosa es la discapacidad física y otra cosa es la forma en que se da el proceso de aprendizaje.

Pero aquí no estamos hablando de eso.  Una necesidad educativa especial es, por lo común, identificada y abordada por equipos multidisciplinarios desde que el menor está en el Jardín de Niños, y a veces desde antes.  Aquí estamos hablando de algo más sutil y al mismo tiempo más complejo.  Me explico.

Tú entras al aula, ves a un niño en silla de ruedas, con un bastón rojiblanco, y sabrás, inmediatamente, que te enfrentas a una necesidad educativa especial.  Supongo que entrará el sentido común y dialogarás con otros profesores, con la administración del plantel, padres de familia o con cualquier otro capaz de brindarte orientación acerca del trato, educación y actividades especiales a ser realizadas con el chico en cuestión.  Eso es, hasta cierto sentido, fácil de hacer.  Ahora imagínate que, sin una aparente razón, uno de tus alumnos, la chica rubia de adelante, “baja” durante el último bimestre drásticamente de calificaciones–cosa que no puede ser muy llamativa durante la escuela secundaria, por cierto-;  otro más, ese de la mirada perdida, parece distraído todo el tiempo, pero cuando se le pregunta algo todo lo sabe perfectamente bien;  otro, aquel del rincón, se la pasa charlando con otros compañeros y, el de la ventana no sabe ni en qué lugar está, viajando por el amplio espacio entre la ventana y el edificio de enfrente.  ¿Qué hacer?  Sin duda alguna, uno de los principales elementos con que contamos para identificar un problema o trastorno del aprendizaje será el propio rendimiento escolar.  Por un lado parece sencillo, pero por otro debemos reconocer que hacer eso nos llevará algo de tiempo, de discriminación de elementos y conocer otras conductas alternas que no siempre suceden en la escuela.  Por otro lado, en psicología no siempre lo que aparenta ser, es, con lo que queremos indicar que todo aquello que aparentemente es un trastorno o problema de aprendizaje en realidad no lo es.  Esto nos lleva a una serie de pasos a realizar para identificar si las conductas presentadas por tu alumno requieren otro tipo de ayuda distinta o no.

El primer paso que debes realizar es, sin duda, conocer los antecedentes académicos del susodicho alumno:  calificaciones, comportamiento en otros grupos, opiniones de maestros, etc.  ¿Qué buscamos con esto?  Si nos involucramos en la historia del niño, si conocemos a fondo cómo lo ven otros y las soluciones que estos mismos han realizado, entonces ya llevamos una parte del camino andado.  Igualmente, estaremos en condiciones de discriminar la aparente novedad del hecho y su prevalencia.  Este primer paso, y el siguiente, nos llevarán a un tercer momento, más importante, útil y definitorio para identificar si sólo hablamos de un patrón de conducta, de problemas o trastornos propiamente dichos o alguna especie de resistencia pasiva o agresiva por parte del menor.

¿Hacia dónde vamos con esto?  ¿Cuál es la funcionalidad de realizar una especie de reconstrucción del pasado del menor?  Aquí partimos de un elemento veraz y trascendente:  ninguno de nosotros somos el resultado espontáneo de un momento particular;  por el contrario, todos provenimos de una historia y de un contexto combinados y determinados.  Tratarnos de entender, sin observar ni analizar nuestra propia historia, nos hace sujetos tan abstractos donde las motivaciones, las experiencias y los esquemas de pensamiento pierden valor y vigencia;  si no reconocemos que somos el resultado de un ir y venir de experiencias caemos en el vacío de la incomprensión –propia y ajena-, corriendo el enorme riesgo de que eso mismo nos suceda con nuestros alumnos.  Si sólo vemos a los chicos como son con nosotros sin entender que esas conductas son el resultados de muchos años de vida, entonces podemos cometer el error de juzgar con una vista parca y cerrada que concluirá, seguramente, con la expulsión del alumno de la escuela.  La historia que podamos armar de nuestro alumno será una ventana que nos enseñará el camino para trabajar con él dentro de su propia ideología y experiencia aprovechando sus propias habilidades y destrezas.

El segundo paso es la discriminación de los mismos indicadores, es decir, debes identificar si el alumno “siempre” ha sido así o si esto se presenta como una novedad durante el presente período escolar y, de la misma forma, si sucede nada más contigo o también acontece con otros profesores.  ¿Por qué todo esto?  Por lo general, cuando enfrentamos cualquier especie de conflicto en el aula, solemos enfrentarlo “a ciegas”, es decir que no sabemos si el chico es recurrente en fallar en la matemática o en la lectura.  Así, es importante logres adentrarte en los resultados previos de tu alumno y en base a ello sepas discriminar si el mismo resultado se ha presentado como un patrón regular a lo largo del tiempo o si es alguna característica propia del momento actual en la vida del menor.  Tal vez, por ejemplo, a tu alumno siempre se le ha dificultado el área matemática y, por lo tanto, el resultado del actual bimestre está dentro de un parámetro constante a lo largo de su vida;  este sería un caso.  El otro caso mencionado lo podemos ejemplificar con aquel alumno que en el presente bimestre ha bajado su calificación en español significativamente en comparación con otros períodos escolares.

Una vez que conocemos los dos aspectos anteriores, entonces sí, ya estamos en capacidad de diferenciar si es un trastorno, un problema, características de las habilidades y destrezas del chico, parte integrante de su personalidad o una forma de resistirse, activa o pasivamente, ante el profesor, la institución o los mismos padres de familia.  La historia personal y la discriminación previas nos ayudarán a comprender mejor a nuestros alumnos y definir, puntualmente, si se requiere de ayuda profesional, parental o institucional.  Tal vez el conocimiento de mi alumno me lleve a definir que es algo tan sencillo que puedo trabajarlo dentro de mi grupo sin necesidad de ayuda externa o, por el contrario, reconocer que algún alumno requiere incluso medicación neurológica y algo de atención educativa especial.

De los aspectos antes mencionados es menester especificar que algunos de ellos son, por así decirlo, normales y presentes casi en todos los grupos escolares, mientras que los trastornos y los problemas del aprendizaje son muy pocos, difíciles de detectar y menos los cuales se les da un seguimiento dentro de las instituciones educativas ya que, tristemente, se asocian con el fracaso y la deserción escolar.  Bajo esta perspectiva me gustaría comentar contigo esas situaciones “normales” a las que te enfrentarás durante tu trabajo profesional y que requieren de una poca ayuda, tanto tuya como de otros profesionales con la finalidad de que no tiendas a la confusión de un problema o trastorno con situaciones, hasta cierto punto, cotidianas.

Patrones de habilidades y destrezas

De mis hijas, una es muy buena en español, se “le da” la lectura, gusta de leer, escribir y hablar mucho;  le cuenta cuentos de su propia invención a sus otras hermanas y fantasea demasiado con mundos e historias alternativas.  Sin discusión, ella tiene una habilidad verbal bien desarrollada, ¿cierto?  Pero, por el otro lado, una de sus hermanas suma, resta, multiplica –segundo año y se conoce las tablas muy bien-, y gusta de los retos de inteligencia lógica y matemática.  Interesante, ¿no es así?  Viene el fin de bimestre, llegan las calificaciones:  la primera es de promedio siete u ocho en matemáticas mientras que español es de diez siempre mientras que la segunda falla en sus calificaciones en español –hasta seis ha llegado a obtener- mientras que en matemáticas no baja de nueve.  ¿A qué nos lleva este ejemplo tan tonto?  Por un lado, nos demuestra que las diferencias cognitivas existen y que existen inteligencias de diferentes tipos, como muchos autores han aceptado[2], lo que nos lleva a encontrar, por así decirlo, un cierto patrón:  una siempre –o por lo general- tendrá bajo rendimiento en matemáticas y la otra siempre lo tendrá en español.

Desde esta perspectiva teórica del aprendizaje sabrás, profesor, que no todos tus alumnos están obligados a desarrollar todas sus habilidades en el mismo sentido ni en el mismo “volumen”;  por el contrario, sabrás que ese alumno tuyo que tiene dificultades con matemáticas las ha presentado reiteradamente y será una situación un tanto cuanto permanente a lo largo de su vida escolar[3].  Si tú, profesor, una vez que conoces la historia académica de tu alumno, te encuentras con un caso similar, sabrás que a esa chica a la cual se le dificulta comprender las fórmulas algebraicas ha tenido a lo largo de su vida académica el mismo patrón en toda nueva adquisición de saberes matemáticos.  Y esto es lo más y verdaderamente importante:  identificar el patrón.  Las calificaciones de los años escolares anteriores nos dejarán ver ese patrón específico.  Básate en ellas para conocer el verdadero nivel de destrezas y habilidades de tus alumnos.

Otro caso que enfrentamos en nuestra práctica docente digno de mención, será aquel en que el alumno demuestra “fallas” en todas las materias.  Un alumno cuyo promedio de calificaciones oscila entre el seis y el siete será un alumno que, probablemente, sufrirá de un trastorno del aprendizaje.  Te lo explico mejor:  la educación básica, como ya dijimos, supone alumnos “normales”, es decir que supone un estándar cognitivo y un determinado nivel en el Coeficiente Intelectual (CI).  En este sentido, si bien puede ser normal que un alumno, de acuerdo a sus habilidades y destrezas le sea fácil o difícil determinada área, no es normal que a un alumno se le dificulten todas las materias.  Estos casos los debemos ver, invariablemente, como problemas del aprendizaje.  Esta particularidad la revisaremos en otro texto.

En conclusión, la identificación de un patrón de habilidades y destrezas nos ayuda a discriminar una baja en la calificación de un estándar del propio alumno, es decir que no es lo mismo un chico que, de repente, baja en matemáticas sensiblemente en contraste con otro que por lo regular obtiene bajas notas en la misma materia.  Dicho de otra forma, no es lo mismo un chico que de pronto saca un seis, cuando su patrón es de ocho o nueve, a otro que su patrón es de seis-siete.  El primero requerirá, probablemente, ayuda de tipo profesional y docente;  tal vez este chico se encuentre transitando por un problema de aprendizaje.  El patrón, pues, nos será un indicador valedero para determinar y discriminar si es una carencia de habilidad o un problema/trastorno de aprendizaje.

La personalidad del alumno

En otro sentido, es importante tratar de conocer la personalidad del alumno.  Mucho se ha escrito ya de los tipos de alumnos a los que nos enfrentamos[4]:  el líder, el seguidor, el opositor, el sabelotodo, etc.  Y este elemento también es importante reconocerlo cuando nos enfrentamos a un grupo.

Te la voy a plantear así:  ¿te expresas igual cuando están tus padres presentes a cuando no lo están?  Por lo general la respuesta será negativa, ¿no es así?  Otra pequeña pregunta:  ¿eres arriesgado(a) con el sexo opuesto o te intimidas fácilmente?  Pues lo mismo le sucede a tus alumnos:  no se comportan igual si está o no presente algo o alguien dentro del grupo.  Así de fácil.  Y esta forma de respuesta al medio pertenece a algo que llamamos comúnmente personalidad y se encuentra íntimamente ligado con aquello que conocemos como rol.

Nos guste o no nos guste, a lo largo de la vida hemos venido construyendo una personalidad única, particular, la cual tiene que responder a las exigencias de nuestro mundo interno y a las propias del mundo externo.  Gracias a ella somos alguien, y gracias a ella tendemos a responder de determinada manera ante las exigencias personales o sociales, e igualmente los demás saben qué esperar de nosotros mismos cuando interactuamos.  De la misma forma, hemos aprendido, a lo largo de los años, las diferentes maneras de conducta que debemos conservar en diversos lugares de conformidad a una serie de reglas y normas;  esto lo conocemos como rol.

Tú, de entrada, no sabes si ese chico callado y ausente del rincón en realidad no se atreve a opinar o a participar porque el resto del grupo ya lo trae en “ojeriza” y las burlas recaen en él cada que surge una duda de su parte hacia el profesor.  Igualmente, no sabes si al líder del grupo no le has simpatizado y presiona a la chica sabia del salón a quedarse callada cada que le preguntas algo.  De la misma forma no conoces las reglas implícitas impuestas por la amistad reforzada por los meses o años de convivencia diaria.  Tal vez el chico tímido no opina debido a que “hablar en clase” no es propio de su rol, ¿lo habías considerado?  Pues sí, estas son situaciones trascendentes cuando tratamos con nuestros alumnos, aunque no lo creas.

Por otro lado existen personalidades tímidas así como otras más arriesgadas;  algunos aprenden escuchando, otros hablando[5];  tal vez tú no necesites ver a tu profesor para entender lo que está tratando de enseñarte y esa actitud puede significar para él una total y absoluta falta de respeto.  Entendiendo esto te darás cuenta de lo difícil que será lograr motivar a esa alumna tímida, que siempre se esconde junto a la pared, a pasar al frente y explicar un tema, por muy bien que lo haya entendido, al resto de sus compañeros.  Aquí el asunto central será que una vez comprendido el canal de percepción y el de expresión obtendrás elementos para valorar la “normalidad” propia de tu alumno y sus formas de comunicación.

Igual que en el caso de los patrones de aprendizaje, la personalidad cuenta con algunas particularidades dignas de ser tomadas en cuenta.  La primera de ellas se refiere al nivel educativo donde trabajamos, ya que la personalidad de un sujeto es diferente cuando está en preescolar a cuando está en la primaria.  La secundaria, en este sentido guarda algunas características particulares que la hacen muy diferente a las etapas previas y a las posteriores;  esta particularidad específica se refiere al proceso adolescente de reconstrucción de la personalidad.  A los que han sido mis alumnos en la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ) por lo regular les digo que lo normal en la infancia o en la adultez es totalmente anormal en el adolescente y, por el contrario, lo normal durante la adolescencia es totalmente anormal en la infancia o en la vida adulta;  el adolescente es “anormal[6]” por naturaleza.  Tal vez esto suene muy radical, pero en los hechos no lo es tanto, y es una particularidad resaltable en lo que a personalidad se refiere.

Mira bien, que te explico lo anterior.  Los niños de preescolar y de primaria comparten una personalidad basada en un yo ajeno, es decir que su personalidad gira y se moldea a la de sus padres, cuidadores primordiales y profesores, lo que quiere decir que el niño “juega” a quedar bien con los adultos que le rodean de acuerdo a la copia de patrones aprendidos en casa o escuela.  El adolescente tardío –el estudiante de preparatoria-, así como el adulto, tienen una personalidad más definida, juegan muy poco con los cambios y las variaciones de personalidad y procuran mantener una imagen comprobada previamente como funcional en su entorno social.  El adolescente de secundaria es “otro boleto”…  Este chico jugará continua y constantemente con la personalidad lo que dará como resultado, dentro del salón de clase, constantes variaciones:  un día será el chico alegre, al día siguiente jugará a ser tímido y la siguiente semana será todo un hombre atrevido.

Como docentes de educación preescolar, primaria y bachillerato conviviremos todos los días con la misma persona, por así decirlo, mientras en la secundaria nos enfrentaremos a cuarenta sujetos diariamente distintos.  Fácil, ¿no?  Por este motivo te comentaba que es preciso conozcas la personalidad de tus alumnos, ya que esto te llevará a saber conducirte en un grupo donde tú eres el ajeno, el extraño, el de afuera, y no llegues a considerar un problema o un trastorno educativo condiciones que, en un momento determinado, son elementos inherentes a la forma de ser de la persona.

Resistencia

Aunque la resistencia sería, a priori, un problema grave y profundo del aprendizaje, se la debe considerar por separado.  ¿Por qué?  Por la simple razón de que ésta es un patrón de conducta generado más por el contexto que por la personalidad o la psicología propia de los alumnos que repercute, casi exclusivamente, en el ambiente escolar.  ¿A qué se debe?

Por cierta situación “mágica”, dicen los sabios de la psicología, todos mostramos cierta resistencia al cambio.  Es innegable esta realidad en la cual, debido al sentir una especie de agresión a nuestros esquemas, valores, principios y creencias, mostramos resistencia al cambio y a las personas que lo representan.  De la misma forma solemos mostrarnos resistentes ante ciertas personalidades, actitudes y situaciones debido a, dicen los sabios, una cierta incapacidad de aceptar nuevas posibilidades que mueven nuestros esquemas de pensamiento.  Estos esquemas, al verse posiblemente alterados y en cierta capacidad de modificación, hacen que las personas “reaccionen” frente a las modificaciones como enemigas debido a esa pequeña característica humana de mantenernos apegados a los mismos esquemas gracias a que estos, de una u otra forma, responden a las interrogantes planteadas por la realidad presente y futura.

Pongamos un ejemplo de lo anterior:  supónte que, de repente, tus padres te dijeran que eres adoptado;  ¿cómo te sentirías?  Todos los esquemas aprendidos durante toda tu vida se verían rotundamente confrontados;  de pronto hasta tu nombre perdería valor, ¿no es así?  Obviamente te resistirías ante la supuesta verdad ofrecida por tus ¿padres?

De la misma forma, aunque en menor grado, un alumno puede mostrar resistencia ante lo que está aprendiendo en clase, contra el propio grupo, o el salón, la escuela o… el profesor.  Esta resistencia puede tener muchas caras, muchas formas de expresión, pero todas redundarán en el rendimiento escolar.  En general, podemos clasificarlas en dos grandes bloques:  las resistencias activas y las pasivas.

La resistencia, en cualquiera de sus dos formas, no es más que una especie de enfrentamiento ante una realidad inaceptable.  ¿Cuál es esa realidad inaceptable?  Puede ser el ambiente familiar, el ambiente escolar u alguna situación social.  Es normal que una persona (tú y yo entre ellas), ante cierta frustración, reaccione en forma agresiva contra el medio provocador de la agresión.  Esto también es válido para cualquier situación causante de estrés y/o angustia.  Como personas que son, tus alumnos también pueden sentir frustración, ansiedad, angustia o estrés… y tal vez tú mismo seas la causa de ello (podrás preguntar, ¿alumnos de primaria pueden tener esas sensaciones?  La respuesta es sí, así que las situaciones aquí planteadas aplican para alumnos desde preescolar hasta doctorado.  Tómalo en cuenta.).

Resistencia Activa

Esta conducta-actitud es identificada como un enfrentamiento franco del alumno contra el maestro.  Puede ser pasajero, puede ser algo que dure todo el año escolar, eso depende, totalmente, de ti como profesor.

De entrada, estos alumnos se te mostrarán desafiantes, cuestionadores, desobedientes y rebeldes ante toda instrucción dada por el profesor.  Retarán tu autoridad y, ante el grupo, demostrarán que no les interesa ni tu presencia, ni tu persona.  Dicha actitud puede provocar que tu grupo se desborde constantemente y más si el resistente es el alumno con el rol de liderazgo.

Ante esta situación ¡cuidado!  Es muy fácil caer en la desesperación, en correr a pedir ayuda a un prefecto y comenzar con la escritura de reportes y reportes de conducta.  Si bien es cierto que los mismos pueden funcionar en alumnos con ciertas desviaciones ocasionales de conducta, ten en cuenta que un alumno francamente desafiante gozará con hacerte explotar sin importar los riesgos.  Es preferible, al cien por cien, considerar que estos alumnos consitudinariamente resistentes en realidad esconden en esa actitud una agresión latente y su única forma de dejarla salir es retándote como profesor y como autoridad.

¿Qué hacer ante estos casos?  En muchos de los casos requieres recurrir a profesionales externos, principalmente a psicólogos, pero en muchos otros el acercamiento al alumno, una plática que comience con un “¿qué pasa?” o un “¿tienes algo contra mí?” puede darnos buenos resultados.  Ante todo, maestro, debes alejar de ti toda actitud recriminatoria y tendiente a los consejos;  mejor escucha, toda resistencia implica una incomodidad o molestia que, por la propia angustia generada, no puede ser enfrentada directamente, por lo que las personas tendemos a realizar conductas alternativas que demuestren ese coraje, esa ira contra lo que no nos gusta.  Escucha, sí, escucha a tu alumno y sabrás exactamente las razones de su conducta en clase.  De la misma forma no te detengas a explicar tus acciones.  No te justifiques;  demuestra apertura y comprensión ante tu alumno pero con el cuidado y el tiento de no caer en manipulaciones por parte del mismo.  De esto hablaremos en otro artículo al respecto.

Resistencia Pasiva

A diferencia de la anterior, este tipo de resistencia la adorarás.  Estos alumnos son callados, serios, cumplen con su tarea oportunamente…  ¡son alumnos estrella!  Pero tienen algunos detalles dignos de mención:  rara vez opinan o participan activamente en clase, no suelen participar en actividades grupales, parece que desean salir del salón a la menor oportunidad y se muestran apáticos e indiferentes ante los temas tratados en clase.

A pesar de que muchos profesores prefieren este tipo de alumno dada su tendencia a no causar problemas, en realidad el menor utiliza esta vía para demostrar sus inconformidades.  ¿Recuerdas el pacifismo de Gandhi?  Es algo similar;  el alumno tiende a cumplir con lo que se solicita pero en una clara actitud de rechazo, tal cual tú cuando te pasas un alto y te infraccionan:  aceptas la multa a regañadientes aún a sabiendas de que cometiste un error de tránsito.

Este alumno apático, indiferente, igual que nuestro caso anterior, la resistencia activa, su conducta muestra la inconformidad ante los hechos que vive cotidianamente, ya sea en casa, ya sea en su contexto social o en la escuela.

¿Solución?  Igual que el anterior, salvo con una diferencia:  motivar el interés del alumno hacia la clase.  Cierto, cierto…  ya sé que me dirás que por un alumno no te detendrás en tu programación, y ciertamente no te estoy diciendo eso.  No.  Por el contrario, la recomendación es que agregues elementos de interés a tu materia;  comienza a hablar el idioma propio de la edad, utiliza ejemplos propios con sucesos actuales, situaciones cotidianas de adolescentes, su música, su moda, etc.  Tal vez esto logre que el alumno se inmiscuya paulatinamente en la clase;  observa con detenimiento sus reacciones ante los ejemplos y situaciones planteadas y detecta aquellas que llamaron su atención y le metieron en el tema aunque fuera por unos segundos.  Esto dentro del aula, pero también procura acercarte a estos alumnos fuera del salón.

Cuando te acerques al alumno procura hacerlo con frases como “¿por qué te enfada mi clase?” y evita, a toda costa, verborreas moralistas comenzadas con frases trilladas como “es por tu bien”, “tienes que hacerlo”, “te va a servir en tu vida”, etc.  En realidad el alumno vive inmerso en un clima familiar donde este tipo de discurso es repetitivo, extenuante y enfadoso (lo que ya crea en él un cierto nivel de apatía) y, si además se lo repites en la escuela, pues mejor ¡mátalo!  Te aseguro que ganas más dejándolo hablar por un momento escuchando sus quejas, motivaciones, razones que intentándole meter por la fuerza o por el convencimiento la necesidad de la escuela y el estudio.
 

Ahora sí, de vuelta a la realidad…

Y bien, después de estas enfadosas cuartillas, espero estés en disposición de involucrarte directamente con el desarrollo cognitivo, afectivo y motriz de tus alumnos antes de correr al chiquillo con el prefecto, con el psicólogo o con el policía.  En realidad nuestra intención no es que te alejes de la impartición de tu materia y comiences con interminables sesiones de “apapachoterapia[7]” que busquen solucionar los conflictos antes mencionados.  Si bien es cierto que alguna dinámica grupal te permitirá conocer los diferentes roles, la personalidad de cada uno de tus alumnos, su integración grupal, etc., no esperes que las mismas te resuelvan conflictos que sólo el trabajo individual –principalmente fuera de clase- es capaz de darte mejores resultados.

Te lo vuelvo a recomendar:  se observador.  Atiende cuando se deba atender, pero en la consciencia de enfrentar algo bien observado y no bajo supuestos.  “A mi me parece”, “es que yo creo” son supuestos parciales y subjetivos dignos de ser alejados de ti y cambiados por principios de observación basados en realidades objetivas, ya que recurrir “a tu punto de vista”, al mal llamado “sentido común”, expone más a tu alumno a situaciones marginatorias y denigrantes en lugar de alcanzar soluciones eficaces a un leve conflicto.

Igualmente recuerda que muchas de las conductas aquí presentadas más bien se presentan por tu forma de dar clases, por tu didáctica y por ti mismo como persona.  Es prudente que revises tu práctica profesional si tu principal indicador, el propio grupo (y olvídate de esas miles de evaluaciones magisteriales), se muestra resistente, ausente, ajeno o, por qué no, hasta dormido ante tu “excelente” clase.  Para conocer tu rating te invito a experimentar el siguiente ejercicio:  deja un día salir a tus alumnos libremente (tal y como se hace en la mayoría de los bachilleratos y licenciaturas) al momento en que tu clase deje de ser atractiva para ellos;  al final de tu clase observa con cuántos chicos te quedas dentro del aula.  Al principio se saldrán -aun antes de que comiences tu clase- todos los resistentes;  después los seguidores de estos;  más adelante los que se enfadan en tu clase y al final se quedarán los tímidos junto con todos aquellos a los que efectivamente les interese tu clase.  Uno, dos, diez, veinte…  Observa la cantidad y eso será tu indicador más fehaciente acerca de lo interesante de tu didáctica.  Ese número será tu rating como profesor.

Por el lado de las resistencias me gustaría que pensáramos en que toda agresión esconde una molestia y que responder a la agresión –regañando, fustigando o expulsando- es caer en el juego del alumno, además de darle gusto y dejarle ganar.  Si lo expulsas se quita la incomodidad de encima:  tú mismo.  Tú sabes muy bien que dejar al chico sin escuela es causarle un daño a largo plazo, pero en el corto, en realidad, él obtiene una ganancia al alejarse de “eso” que le incomoda.  Es bastante comprobable que un alumno tiende a mejorar su desempeño académico cuando sale de una escuela determinada e ingresa a otra[8];  el contexto es importante y en tus manos está el hacerla “más fácil” tanto para destinatarios como para los agentes educativos

No caigas en el error de decir que no es tu problema si el alumno se comporta de tal o cual forma.  Piensa, antes de opinar lo contrario, en qué ciudadano estás mandando de retorno a la sociedad que ha confiado en tus manos a sus hijos.  Piensa en si la educación que impartes es la misma que desearías para tus propios hijos, para tus vecinos, amigos y familiares.  La docencia es un ejercicio profesional que nos lleva, implícitamente, hacia constantes revisiones metodológicas de la propia práctica así como hacia nuevos saberes.

Nunca ignores que la educación no sólo es algo a nivel institucional;  también lo es a nivel personal.  Yo sé que puedes hacerlo.  Yo sé que puedes ver a tu alumno de una manera diferente.  Confío en ti.

Tu amigo:

Miguel Cintrón Figueroa


[1] Cf. Solá Mendoza, Juan.  Pedagogía en píldoras.  Ed. Trillas.  México D. F. 2000.  Pág. 26.

[2] En este sentido es interesante que revises temas de Inteligencias Múltiples, de Inteligencia Emocional y un poco de Programación Neurolingüística (PNL), corrientes muy involucradas en las diferencias cognitivas, formas de aprendizaje y el desarrollo de habilidades personales.

[3] Pero no con esto estoy tratando de decir que seas permisivo con tus alumnos.  No.  Por el contrario, es necesario que se les “presione” por igual a todos los alumnos de un grupo de clase en la adquisición, construcción o estructuración de determinados saberes, habilidades o destrezas, pero, a sabiendas de que a algunos les será más fácil y a otros más difícil, tu planeación, tu estrategia, tu didáctica serán más fáciles de dirigir y enfocar para alcanzar los resultados pertinentes.

[4] Este tema también lo hemos trabajado en un texto similar al presente bajo el nombre “La Tipología del Alumnado”.

[5] Una vez más me gustaría remitirte a los avances en este sentido alcanzados por las investigaciones en PNL, las cuales abundan en los canales de percepción como canales de aprendizaje.

[6] Aquí me gustaría que no interpretaras el término “anormal” en su sentido peyorativo;  por el contrario, el concepto de “anormalidad” se refiere a que el adolescente se encuentra fuera de todo parámetro estandarizado.  El adolescente, por lo general y debido a sus propios procesos madurativos, no tiene respuestas predecibles, es altamente emocional al tiempo que todo debe guardar una cierta lógica entendible, cosa que en el niño tales procesos no son posibles mientras que para el adulto son procesos un tanto cuanto mecanizados y controlados.

[7] “Apapachoterapia”:  forma de psicoterapia de la cual abusan algunos psicólogos y pedagogos a los cuales, sin mayor quehacer profesional, les resulta fácil abundar en “dinamiquitas” grupales consistentes en juegos, abrazos, pseudoresolución de conflictos, etc. y con la finalidad única de “mejorar” –según dicen ellos- humanísticamente a sus alumnos.  En realidad, la apapachoterapia sólo esconde la incapacidad de un profesor para manejar un tema y de dejar en sus alumnos un conocimiento verdaderamente significativo.

[8] Cuando no se nota una mejoría una vez dado el cambio de contexto escolar, más bien estaríamos hablando de un posible trastorno de la personalidad que redunda en la escuela.  Este tipo de casos salen de toda nuestra formación como docentes y requieren de una atención altamente especializada;  en realidad, ni siquiera el psicólogo educativo normalista está capacitado para tratar con estos casos tan particulares.  Como una recomendación, ante estos trastornos será prudente te asesores bien respecto al profesional o instituciones que pueden atender el caso.  Institucionalmente el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) cuenta con departamentos psicológicos que pueden ayudar al igual que la Universidad de Guadalajara (UDG) al contar con un departamento de Salud Mental y un Centro de Atención Psicológica Infantil.