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MIEDO A LA OSCURIDAD Y OTROS PROBLEMAS RELACIONADOS Javier Gutierrez Sanz. Psicólogo Clínico
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Juan, un niño de siete años, ha visto una película de misterio. Es un chaval muy imaginativo. Cuando sus padres le comentan que tiene que acostarse, le entra miedo. Les pide a sus papás que le acompañen a su habitación y que estén un rato con él. Cree que va aparecer uno de los personajes de la película. Sus padres le acuestan y le cuentan un cuento que no tiene nada que ver con la película anterior. Poco a poco, Juan se va tranquilizando y se acaba durmiendo. La noche siguiente, no ve ninguna película parecida. Se acuesta y duerme sin problemas. Nuria tiene miedo a la oscuridad. Cada vez que pasa por un sitio oscuro, se le eriza el vello de los brazos, le late el corazón, se agarra fuerte a su padre. Desde hace un tiempo no puede dormir sola, y cuando lo consigue, es tras montar una gran batalla con sus padres. La vida en casa se transforma cuando llega la hora de acostarse, con pequeñas luchas por quedarse un rato más en el salón, lloros, rabietas, etc. Muchas veces acaba durmiendo con los padres. Estos cada vez están más cansados y ya no saben como solucionar este problema. Estos son dos ejemplos de temor a la oscuridad, con una diferencia. Juan ha pasado miedo y Nuria tiene una fobia. Es muy normal que los niños desarrollen miedos muy variados. La mayoría son pasajeros y corresponden a una edad determinada. Hay un pequeño porcentaje de miedos de esa época que persisten con intensidad elevada que acaban convirtiéndose en problema, ya que impiden llevar una vida normal. El miedo es una emoción natural que cumple su cometido. El miedo hace de alarma psicológica. Es el equivalente psicológico al dolor en nuestro físico. Las situaciones que provocan amenaza y nos ponen situación de peligro provocan temor. A su vez el miedo evita correr riesgos innecesarios. Si no tuviésemos miedos nos convertiríamos en unos temerarios; nos asomaríamos a la vía de un tren porque no nos da miedo y las consecuencias podrían ser fatales. Los
miedos son respuestas instintivas y universales, sin aprendizaje. Los miedos
innatos se pueden agrupar en varias parcelas: Cuando el miedo se convierte en algo desproporcionado y desadaptativo se transforma en una fobia. • Desproporcionado: El objeto temido no es amenazante, o si llegase a provocar un ligero desasosiego, la reacción es exagerada. • Desadaptativo: La intensa reacción produce malestar, grandes preocupaciones y síntomas desagradables físicos (mareos, nauseas...); además altera nuestra vida cotidiana y la de los que tenemos cerca. •
Además, el miedo no puede ser eliminado racionalmente. Suele estar fuera del
control voluntario. No son específicas de una edad concreta. Son de larga
duración. En la infancia es más difícil distinguir entre miedo y fobia. Muchos miedos vienen y se van. Con el tiempo el niño aprende a superarlos. Para que se dé una fobia tiene que tener una duración mínima de 6 meses. Hay que tener además en cuenta la edad del niño. Los miedos más importantes en relación a la edad del niño son: • 0-1
años: estímulos intensos y desconocidos. Miedo a los extraños. • Predisposición genética: por la evolución que el hombre ha llevado, es más normal que se coja miedo a determinados estímulos como serpientes o animales, que en nuestra vida su presencia o incidencia es prácticamente nula, que a otros más peligrosos y actuales. • Vulnerabilidad biológica: el niño que tiene un umbral de alarma muy bajo, es más probable que adquiera más miedos que el resto de los niños, ya que se dispararía muy fácilmente. Hay que añadir, que un estado de agotamiento, o de defensas bajas le hace más susceptible a los sustos y miedos. • Vulnerabilidad Psicológica: si el niño tiene pocas habilidades para afrontar episodios ansiógenos, como calmarse o relajarse, es más fácil que adquiera temores. • Historia personal: si el niño supo enfrentarse con éxito a situaciones atemorizantes pasadas, seguramente resolverá con éxito situaciones parecidas y no las evitará. Al contrario, hará todo lo posible para evitarlas, y el miedo se mantendrá. Aquí habría que reseñar que padecer una experiencia traumática también puede marcar un desarrollo de miedos posteriores. • Observación: o aprendizaje vicario. El niño coge miedo porque ve a otros pasar o sentir miedo, o sufrir experiencias negativas. Este miedo se puede dar tanto en situaciones reales como simuladas (cuentos escritos o contados, películas, etc.). •
Beneficios secundarios: el miedo se puede mantener porque el niño recibe
atenciones especiales de su entorno más próximo. Además, evitar las
situaciones que le provocan ansiedad, le proporcionará un alivio momentáneo.
La fobia a la oscuridad se ve reflejada en una serie de respuestas: • Emocionales: sentimientos o emociones como miedo o temor. • Fisiológicas: reacciones del organismo como palpitaciones, sudoración, tensión muscular… Son respuestas que preparan al organismo para huir o enfrentarse ante la situación atemorizante. • Motoras: conllevan pautas de acción como encender la luz, mirar debajo de la cama, correr a la habitación de los padres… •
Cognitivas: son creencias o actitudes, por ejemplo, creer que hay monstruos
en la habitación, que le ha pasado algo a los familiares, que hay alguien
acechando…
Las pesadillas provocan sufrimiento personal, vienen acompañadas de de una intensa y prolongación sensación de miedo, y a veces, de activación vegetativa. Además hay que añadir fatiga, falta de concentración, somnolencia, irritabilidad, preocupaciones… posteriores, debidas a los despertares o a los miedos a dormirse. En el niño puede acabar en miedo a dormir, fobias a la oscuridad, problemas para irse a la cama, dificultades para dormir, etc., terminando por afectar a la vida familiar. Las pesadillas suelen estar unidas a ansiedad por experiencias nuevas o tensión psicosocial o la angustia producida por las demandas que se dan en determinadas etapas evolutivas (entrenamiento en el uso de WC, por ejemplo). Los miedos típicos de la edad pueden verse reflejados en sus ensoñaciones. También hay factores ambientales que pueden influir en la aparición de pesadillas, como la vuelta al colegio, problemas familiares, etc. Una vez instaurado el problema, éste se podría mantener por un exceso de atención de los padres, o la evitación de actividades que no le agradan, por ejemplo. Los terrores nocturnos son despertares bruscos que van acompañados de gritos, llantos y evidente estado de agitación. Mientras dura el episodio, no es posible tranquilizar al niño. Sensación de miedo patente. El niño se incorpora con los ojos abiertos y las pupilas dilatadas. Suelen aparecer durante las dos primeras horas del sueño. Los episodios suelen durar un par de minutos no prolongándose más de veinte minutos. Después el niño se duerme y no recuerda nada al día siguiente o si se vuelve a despertar otra vez en esa misma noche. Pese a la angustia que transmiten son inofensivos y lo más que provocan es la interrupción del sueño. Desaparecen con el tiempo. Todos estos miedos irán desapareciendo por sí mismos, en un proceso natural, donde el niño evoluciona y acaba perdiendo el miedo a estas situaciones. Se convertiría en un problema si sigue persistiendo, conllevando un deterioro en su vida cotidiana y de la gente que tiene alrededor. En estos casos, sería adecuado buscar ayuda profesional, para evaluar el trastorno y después dar un tratamiento que lo solucione.
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