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“MI HIJO NO VA BIEN EN EL COLE: ¿QUÉ LE PASA?”

 

 

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CHARLA-COLOQUIO
“MI HIJO NO VA BIEN EN EL COLE: ¿QUÉ LE PASA?”
ASOCIACIÓN DE VECINOS DE ALBA-ROSA
VILADECANS
24 NOVIEMBRE 2007



Concibo este encuentro como una oportunidad para pensar sobre el tema. Como cuestión previa, doy unas cuantas cosas por supuestas:
• Vuestro interés.
• La curiosidad por escuchar qué os voy a decir.
• La motivación suficiente como para venir, esta tarde de viernes, e invertir aquí una parte de vuestro tiempo.

Si fuera necesario, me gustaría que me interrumpierais para hacer preguntas o aclaraciones. Esto se les pide a los niños en el colegio: que pregunten. Lo mismo vale para vosotros aquí. Y otra cosa previa: Este tema, como casi todos, se pude tratar de maneras amplias y diversas. Seguramente habrá cosas que os preocupen y de las que yo no hable. Podéis sugerirlas con preguntas. En la medida en que yo pueda, trataremos de pensarlas juntos.

He propuesto este título intencionadamente.
Parte de una afirmación: cuando un niño no va bien en el colegio, cuando no puede aprender, le está pasando alguna cosa.
Hay que determinarlo: ¿qué le está pasando?

En primer lugar, si hubiera alguna sospecha de causa orgánica, es imprescindible descartarla. Puede haber muchas: neurológicas, déficits auditivos o visuales, por ejemplo. Hay niños con focos epilépticos que suponen una afectación de una parte de su cerebro que incide en la capacidad de centrarse, de mantener la atención y, por tanto, de aprender.

Hoy nos vamos a centrar en aquellos niños que, teniendo una inteligencia y unas capacidades consideradas como normales, no aprenden.

Los elementos en juego son el interés, la curiosidad, la motivación y el deseo de saber. Dentro y fuera del colegio. Si están presentes, desde que el niño es muy pequeño, estará en condiciones de abordar los aprendizajes escolares con unos recursos propios que, sin darse cuenta, le van a poner en condiciones de aprender sin problemas.

El bebé explora el mundo. Empezando por su propio cuerpo, siguiendo con el entorno. Entra en el descubrimiento de sí mismo y del mundo que le rodea diferenciando entre su propio cuerpo y todo lo demás. La exploración la realiza a través de las sensaciones que recibe de sus propios movimientos, de su oído, su mirada, su tacto. Al principio, aprende a diferenciar dónde termina su cuerpo, dónde empieza el cuerpo que lo sostiene (la madre, por ejemplo, cuando lo tiene en brazos). Es lo que llamamos la matriz del impulso de saber, del deseo de conocer. Impulso que está en el niño, viene con él como individuo de la especie humana y puede ser estimulado y potenciado, o bien inhibido.

¿Cómo se manifiesta? A través de sus preguntas (todos conocéis la etapa de los por qué, por ejemplo). Así, la curiosidad y el placer del descubrimiento, la adquisición de conocimientos, forma parte de la dinámica misma de la vida.

Al principio los aprendizajes se realizan a través del juego. En casa y en los primeros años de escolarización. Progresivamente, el juego va siendo desplazado por otros modos de aprendizaje. Si se conserva este sentido lúdico, tendremos el caso de esos niños apasionados por descubrir cosas nuevas, que en el futuro serán adultos que disfrutarán aprendiendo en sus estudios, en su trabajo, en el mundo.

Un niño que no aprende es un niño en el que este proceso de querer descubrir el mundo se ha detenido, se ha interrumpido. Puede ocurrir siendo muy pequeño o puede ocurrir más adelante y los motivos pueden ser muy diversos.

Casi nunca hay una única causa. Se trata más bien de una conjunción de causas que, al actuar unas sobre otras, interfieren entre sí.

Podemos imaginar ciertas situaciones susceptibles de desencadenar una dificultad para el aprendizaje:

• Un medio sociocultural desfavorecido, en el que los estímulos culturales son muy pobres y en el que el desinterés de los padres hacia los aprendizajes es manifiesto.
• Una mala relación con los maestros.
• La reacción del niño ante un acontecimiento esencial en la vida del niño. Puede ser el nacimiento de un nuevo hermano, una enfermedad de algún familiar, una hospitalización, la separación o el divorcio de sus padres, un cambio de lugar de residencia, la enfermedad o la muerte de algún familiar próximo y significativo para el niño…

Estas situaciones pueden actuar como desencadenantes de la inhibición.
El desencadenante no es la causa. La causa hay que buscarla siempre en el propio niño ¿Qué quiere decir? Que la causa es la manera particular como ese niño atraviesa esas posibles situaciones, por los antecedentes de su historia, por sus dificultades para vivir el momento o la situación de que se trate. Hasta tal punto la causa es siempre algo subjetivo, es decir, algo de uno en particular, que situaciones como las enumeradas pueden ser vividas por ejemplo por varios hermanos de una misma familia, quedando uno de ellos afectados por la situación y pudiendo otros sobrepasarlas sin que les ocurra lo mismo.

¿Cómo puede reaccionar el niño?

 



• Para compensar su dificultad, puede buscar hacerse notar. Se convierte en el payaso de la clase, el que necesita llamar siempre la atención. Suele despertar rechazo de los maestros y de los compañeros. Incordia, molesta, no para… El problema se agrava. Se le cuelga la etiqueta del niño molesto, con lo que puede quedar fijado y serle muy difícil salir de ello.
• Acepta su dificultad: Es el que no sabe, el que no puede solo. Se entra en una dinámica de reeducaciones, clases de refuerzo… Si se acaba habituando, le será también difícil salirse de ese lugar.
• Hay posibilidad de mejora. La escuela, en lugar de decir “este niño puede hacer más de lo que hace”, pone el acento sobre las realizaciones del niño. Se consigue sustituir el temor a hacerlo mal por el aliento a los esfuerzos y los progresos logrados.

¿Cómo puede ser la intervención de los padres?
En primer lugar desde la prevención, en lo primeros años. Ante el deseo de conocer y descubrir, se trata de estimular y alentar ese deseo, intentando responder a sus preguntas, ayudándole a pensar. O directamente, diciéndole que no lo sabe. Lo que no ayuda es mantener el temor a que el niño descubra que uno, como padre, no sabe. Unos padres no tienen que saberlo todo. No es necesario tener una formación académica, haber estudiado, para estimular a un niño a que aprenda. El niño, en algún momento, descubre que sus padres no lo saben todo, pero no por ello van a dejar de ser buenos padres.

No contestar cualquier cosa “porque es pequeño y no entiende”
No recurrir al “ya lo entenderás cuando seas mayor” o al “luego te lo digo, que ahora no puedo, tengo mucho que hacer”… Éstas son respuestas que intentan disimular que uno no sabe. No es una falta no saber. Lo que perjudica es tratar de disimularlo. Si uno no sabe, de nada sirve sentirse acomplejado y tratar de ocultarlo lo mejor que pueda. Ni tampoco desvalorizarse por ello: “hijo, tu madre (o tu padre) es una (o un) ignorante”. Ser padres no nos obliga a estar a cualquier altura. Nos obliga a aprender a soportar, ante los hijos, que a menudo no lo estamos.

Si las respuestas que recibe le dan pie para hacerse preguntas nuevas, que los padres afrontan con paciencia, se sentirá autorizado a seguir pensando. En ese mecanismo, aparentemente sencillo, están las bases de lo que puede ser una adecuada actitud hacia el aprendizaje escolar.

Llegado el caso del tropiezo o el bloqueo en el colegio, los padres pueden:

• Enfadarse mucho con el niño. “Mis padres no me quieren”, puede pensar el niño en este caso.
• Mostrar indiferencia y desinterés. Esta falta de atención de los padres puede llevarle a pensar : “no les importo”

¿Cómo ayudar a los padres que ayudan?

• Preocuparse por lo escolar pero tratar de que el niño, poco a poco, se responsabilice de su tarea. Estimularle pero no mostrarse tan preocupados que ya no sea necesario que el niño se preocupe por sí mismo.
• Cuando hay una sobrecarga en los deberes, algunos padres se prestan a hacer algunas tareas en lugar del niño. Con ello, se engañan a sí mismos y engañan al niño. La cuestión no es que lleve los deberes hechos a toda costa, sino que pueda hacerlos él mismo, haciéndose así cargo de sus propias cosas.
• Los padres, lo hemos dicho, no están obligados a poder ayudar al hijo en todas las tareas escolares. Un padre que dice “no sé” ayuda más que uno que dice “no tengo tiempo” para disimular que no sabe.
• Si se da el caso de que el niño necesite una ayuda para salir de una situación de inhibición o bloqueo intelectual, vale la pena buscar un tipo de ayuda que acompañe al niño en la búsqueda de los motivos de sus dificultades, evitando así que la inhibición desarrollada en torno a la tarea escolar pueda más adelante acabar convirtiéndose en un verdadero obstáculo a la hora de abordar otras metas en su vida.

 

 

 

 

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