EL DESARROLLO AFECTIVO   

 

 

 

 
 

 

Según Freud, el desarrollo de la personalidad está ligado al desarrollo de la sexualidad. En estos años el niño pasa por las fases oral, anal y fálica, y además ha de hacer frente al Complejo de Edipo (o al Complejo de Electra, las niñas) y –en el caso de tener hermanos- al Complejo de Caín, hasta  que el principio de realidad se impone al deseo de placer, produciéndose una identificación con el progenitor del mismo sexo y un fortalecimiento del Super-Yo.

Melanie Klein, por su parte, agudiza la precocidad e intensidad de estos conflictos.

 

Para Ericsson, el niño pasa por una serie de estadios, resaltando la posibilidad de que el desarrollo y las condiciones sociales inclinen la balanza hacia uno de los dos polos de cada estadio:

 

-Establecimiento de un sentimiento básico de confianza en oposición a un sentimiento de desconfianza (hasta los 18 meses).

-El logro de la autonomía en oposición a la vergüenza y la duda (desde los 18 meses hasta los 3 años)

-Sentimiento de iniciativa en oposición al de culpa. (3-6 años)

Wallon, por su parte, afirma que desde los 3 a los 6 años el niño vive en el estadio del personalismo que se inicia con la crisis de oposición (alrededor de los 3 años), para pasar al uso de sus habilidades y destrezas (en torno a los 3-4 años), y a la imitación de los modelos adultos (alrededor de 4-5 años).

El niño viene al mundo gritando, por lo que el llanto se puede considerar como la primera expresión de las emociones negativas. Al final del primer mes y comienzos del segundo aparecerá la sonrisa, como expresión de una emoción positiva y fruto de una impresión producida generalmente por una persona adulta.

Poco a poco se establece el llamado complejo de animación, producido cuando el niño responde con una sonrisa, movimientos de brazos y piernas y sonidos suaves a la cara del adulto que se inclina sobre él.

 

El niño en esta primera etapa actúa sin reflexionar, en respuesta a sentimientos y deseos momentáneos, provocados por lo que le rodea; poco a poco el niño se moverá por objetos que no necesita tener delante, sino en su memoria; con la representación, el niño se vuelve más independiente y comienza la autorregulación verbal de su comportamiento. Por otro lado, el niño se contagia con facilidad de los sentimientos ajenos.

Pasados los 18 meses, la valoración que de su comportamiento haga el adulto provoca un fuerte sentimiento de orgullo en el niño; del mismo modo comenzará a sentir vergüenza cuando reprueben su conducta.

Al niño de esta edad le resulta muy difícil controlarse, así como aplazar un deseo o realizar una acción propuesta por el adulto y que no resulte de su agrado.

 

Con el paso del tiempo, los sentimientos del niño aumentan en profundidad y estabilidad, se van volviendo “más razonables” y cambia sustancialmente la forma de exteriorizarlos (así, aprende a dominar su impetuosidad, matiza más los sentimientos y aprende a controlarlos).

 

BIBLIOGRAFÍA:

(1) A.A.V.V.: "Psicología evolutiva y educación infantil". Madrid: Santillana, 1989.

(2) LINGAM, S. y HARVEY, D.: "Manual de desarrollo del niño". Barcelona: Pediátrica, 1989.