El primer ciclo de Educación infantil debe
considerarse educativo, aunque no sea
obligatorio, ya que en él se van poniendo las
bases del desarrollo físico, afectivo,
emocional, social e intelectual al garantizar a
los niños, desde el nacimiento, la respuesta
individual a todas sus necesidades. La tarea de
contribuir al desarrollo armónico de su persona
tiene un papel decisivo y fundamental en esta
primera etapa de la vida que debe desarrollarse
en estrecha cooperación con las familias, que
son las principales responsables de ellos.
Las escuelas o centros infantiles deberán
elaborar las propuestas pedagógicas o
programaciones didácticas teniendo en cuenta los
principios metodológicos aquí presentados, que
pretenden orientar la intervención educativa y
contribuir al logro de los objetivos y al
desarrollo de los contenidos determinados. Estos
principios hacen referencia al cómo enseñar y
cómo aprender, a los aspectos organizativos,
relacionales y afectivos. Su aplicación práctica
dependerá de cómo los educadores la adecuen a la
realidad de cada centro (público, privado,
completo, incompleto o unidades mixtas) y a su
contexto socioeducativo, ya sea en el ámbito
urbano o rural.
Los aprendizajes que se realicen durante este
ciclo proporcionarán a los niños una identidad y
autonomía creciente que les permitirá ir
resolviendo los retos que plantea la vida
cotidiana, así como ir conociendo, comprendiendo
e incorporándose en la sociedad donde viven.
Esto supone numerosos procesos de socialización:
formación de vínculos afectivos, adquisición de
valores y normas; aprendizaje de costumbres,
roles y conductas que la sociedad transmite y
exige cumplir. El niño y la niña, desde el
nacimiento, tienen capacidad de aprendizaje
social e interés por los estímulos sociales,
pero necesitan ayuda para cubrir sus necesidades
biológicas, emocionales e interpersonales y para
adaptarse al grupo y desarrollarse como
personas.
Aunque no hay un único método para trabajar en
este ciclo, se deberá tener en cuenta que el
acercamiento de los niños a la realidad que
empiezan a conocer debe ser un proceso global,
que parta de las experiencias que van
adquiriendo a través del juego, en un ambiente
de afecto y confianza, por lo que se potenciarán
aquellos aprendizajes que les permitan
establecer relaciones y construir significados
más amplios y diversificados, que fomenten su
autoestima e integración social.
Es conveniente proponer situaciones y secuencias
de aprendizaje que, además de suscitar su
interés, les permitan vivenciar las situaciones
dentro de su contexto, desarrollando los ámbitos
de experiencia a través, sobre todo, de
procedimientos y actitudes. Se deberán plantear
actividades que permitan la adquisición de los
hábitos y las rutinas cotidianas que favorecen
la interiorización de las secuencias temporales
y el conocimiento progresivo de sí mismo y la
autonomía personal, así como el acercamiento al
conocimiento del entorno físico y social, a
través de la comunicación y la representación de
los diversos lenguajes. Asimismo, los pequeños
proyectos de trabajo en el último tramo del
ciclo se perfilan como idóneos para abordar
aprendizajes que tengan sentido y sean
gratificantes para ellos.
El juego, actividad común de todos los niños y
niñas, tendrá gran relevancia en este proceso,
al constituirse en el principal recurso
metodológico de este ciclo. Jugar es una
actividad placentera por medio de la cual
aprenden y se desarrollan; les sirve como
diversión y como liberación ante las exigencias
de la vida cotidiana y es un medio para alcanzar
la socialización y el equilibrio personal. En el
juego simbólico se ensayarán conductas cada vez
más complejas, por lo que es importante que
estas actividades sean libres y creativas.
En el desarrollo de la psicomotricidad descubren
y coordinan su esquema corporal con el
movimiento, el ritmo y los objetos.
Un ambiente educativamente organizado no sólo
garantizará, en las aulas de Educación infantil,
unos espacios, materiales y tiempos que les
posibiliten jugar y moverse, sino que también
debe ser cálido, acogedor y seguro para que se
sientan confiados y queridos. El espacio escolar
les permite situarse en él, sentirlo suyo, a
partir de sus experiencias y relaciones con
personas y objetos. La distribución del espacio
debe adecuarse a las variadas y cambiantes
necesidades de los niños, hacer posible el sueño
y el reposo, facilitar a los que se desplazan el
acceso y uso autónomo del espacio y tener
presentes las características de cada grupo de
edad y sus necesidades.
La escuela debe ofrecer una gama variada y
estimulante de objetos, juguetes y materiales
que proporcionen múltiples oportunidades de
manipulación y nuevas adquisiciones. La
selección, preparación y disposición del
material y su adecuación a los objetivos
educativos son elementos esenciales de este
ciclo.
Durante las diversas formas de juego, por medio
de la observación sistemática, el educador podrá
extraer importantes datos sobre las conductas de
cada niño y niña, las relaciones que establecen
con los demás, las formas de expresión oral, sus
preferencias, estados de ánimo, etc.
Se deberá priorizar la utilización de materiales
diversos que favorezcan el descubrimiento y
permitan la observación, la manipulación, la
experimentación, la simbolización y la
representación. Será conveniente el empleo de
juegos que desarrollen contenidos concretos,
pero también de materiales de uso cotidiano que,
al utilizarlos para distintas tareas, los
acerquen a la vida cotidiana.
Es necesario destacar un momento clave como es
la entrada de los niños a la escuela. En la
planificación del período de adaptación, será
prioritario el apoyo de todos los recursos
humanos disponibles, la selección de los
materiales más apropiados y la flexibilidad
horaria que permita la atención individualizada
que cada uno requiere. El intercambio de
información entre familia y educadores guiará y
facilitará la incorporación y adaptación
adecuada del niño al ámbito escolar.
Con los niños menores de 3 años la organización
de las actividades requiere flexibilidad y
posibilidad de adecuación a los ritmos
individuales. La organización del tiempo debe
respetar sus necesidades: afecto, actividad,
relajación, descanso, alimentación, limpieza,
experiencias directas con los objetos, relación,
comunicación y movimiento. El educador
organizará la actividad partiendo de esos ritmos
biológicos y estableciendo rutinas cotidianas,
lo que contribuirá a estructurar las actividades
y la interiorización progresiva de los marcos de
referencia temporales.
Se contribuirá al desarrollo integral de los
niños favoreciendo el progresivo interés por
actividades y manifestaciones culturales, que
les servirán como fuente de satisfacción al
desarrollar su sensibilidad artística e
iniciarlos en la participación de la cultura.
Del mismo modo, la realización de alguna salida,
en el último tramo del ciclo, para conocer otros
lugares de su entorno y la posibilidad de
experimentar, de formular preguntas, así como de
trabajar con materiales de diversas
procedencias, permitirán a los niños constatar
que se aprende dentro y fuera de la escuela.
No se puede olvidar que los avances de las
tecnologías de la información y de la
comunicación influyen en las formas de aprender
y en el acercamiento a la realidad. Estas
tecnologías, como recurso educativo, aproximan a
los niños al conocimiento del mundo real o
fantástico, los atraen, los motivan y los
distraen. Enseñaremos el uso adecuado de estos
recursos, desde temprana edad, en colaboración
con las familias
El papel del educador es decisivo en este ciclo,
siendo necesaria una actitud equilibrada,
coherente, paciente y cálida, con capacidad para
entender y atender a las diferentes necesidades
y diversos ritmos de cada uno. Al mismo tiempo,
en su quehacer diario, al escuchar y responder a
los niños mantendrá una postura que les
estructure la mente y les dé seguridad afectiva,
permitiéndoles percibir los límites en sus
actuaciones y conseguir que evolucionen hacia
una mayor autonomía.
Por otra parte, la confianza en sus capacidades
de progreso y las expectativas que en ellos se
depositen posibilitarán avances en la formación
de una imagen positiva de sí mismos. Por ello,
será de gran importancia que exista coherencia
entre los mensajes que se transmitan de forma
verbal y no verbal.
La práctica educativa tomará en consideración
las diferencias, respetando y contribuyendo a
que conozcan y acepten su identidad personal y a
que todos puedan conocer otras experiencias y
realidades distintas a la propia. Por lo tanto,
la atención a la diversidad será imprescindible
dada la situación variada y rica de nuestra
sociedad.
La Educación infantil debe contribuir a prevenir
y compensar las carencias y desajustes que
tienen su origen tanto en las diferencias del
entorno sociocultural y económico como en las
producidas por distintos tipos de trastornos en
el desarrollo. Se realiza así no sólo la función
de aprovechar al máximo y estimular las
capacidades infantiles, sino también la de
prevenir posibles dificultades. Se trata de
encontrar las respuestas educativas más
adecuadas a las necesidades y capacidades de
cada uno.
Las relaciones que se establecen dentro de cada
grupo de iguales y de estos con las personas
adultas no sólo favorecen a los más pequeños,
sino que son importantes para todos los miembros
de la comunidad educativa. A las familias les
posibilita un mayor conocimiento de sus hijos,
aprender nuevas formas de relacionarse con ellos
y valorar el trabajo que realizan, y a los
educadores le permite ajustar la intervención
educativa a las necesidades de los niños.
Será conveniente que exista entre familia y
educadores un intercambio de información, una
reflexión conjunta y una unificación de
criterios educativos. Los niños se beneficiarán
de una continuidad entre el ambiente familiar y
escolar y percibirán esas relaciones de
colaboración y confianza que facilitarán su
desarrollo. Esta colaboración y participación
familiar en la vida de la escuela podrá hacerse
a través de diferentes cauces, siendo el equipo
educativo el que determinará los más
convenientes en función de las posibilidades de
las familias y el contexto del centro.
El trabajo en equipo de los educadores es
indispensable para asegurar una coherencia y
continuidad en la acción educativa. Esto exige
una coordinación de las programaciones
didácticas y de las distintas actuaciones
mediante el establecimiento de unos criterios
metodológicos comunes, que se desarrollarán
después según el estilo personal de cada
educador o educadora.
Un importante reto de la escuela infantil es la
introducción de actividades que permitan la
adquisición de hábitos y actitudes relacionadas
con la convivencia y la resolución pacífica de
los pequeños conflictos, la aceptación de la
diversidad cultural, la igualdad entre niños y
niñas, la educación para la salud, el inicio en
la educación vial, en el cuidado y respeto del
medio ambiente cercano y la educación como
incipiente consumidor. Estas actividades
conseguirán una formación integral y
posibilitarán una sociedad y un mundo mejor, en
la medida en que las incorporen a su experiencia
y se desarrollen con coherencia y en
colaboración con las familias.
Las respuestas a las
preguntas anteriores están tomadas íntegramente del Currículo de la Etapa
de Infantil de Aragón, publicado como Anexo a la
ORDEN de 28 de
marzo de 2008, del Departamento de Educación, Cultura y Deporte del
Gobierno de Aragón. (BOA 14-04-2008)