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JUEGO PATOLÓGICO Ó "1984 Y EL DOBLE PENSAR"
 

 

 

 

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JUEGO PATOLÓGICO Ó "1984 Y EL DOBLE PENSAR"

El juego de azar siempre ha atraído en unos casos, y obsesionado y fascinado en otros, a las personas de todas las condiciones, razas, culturas y confesiones. Sea con dinero, sea por dinero o sin él, el juego ha sido una conducta en la que los humanos nos identificamos como tales. Carece de lógica, aunque la lógica de cómo está constituido el ser (humano) lo explica e incluso lo hace necesario. Una vida sin juego, es una vida sin gracia, sin sentido y no merece ser vivida. Cuando la vida se convierte en un juego, ocurren cosas que nos recuerdan que no siempre podemos estar jugando, precisamente porque jugando pasa el tiempo muy aprisa y el mañana nos sobrepasa.

            Este ensayo pretende informar, orientar  y dar sentido a una conducta que sin indagar sobre la misma esencia de lo que conforma la experiencia humana, parece confirmar que lo imposible es posible: hay personas que toman decisiones sin querer, y no pueden evitar hacer lo que hacen.  Los diagnósticos actuales desde la psiquiatría y la psicología, fomentan que esto sea posible, retorciendo la realidad, mediante la reducción y simplificación del lenguaje, consiguiendo que lo que era tentación, pasión y atracción, se convierta en enfermedad y por lo tanto en no responsabilidad de los propios actos. Las complejidades, sutilidades, miserias y grandezas de una vida, se simplifican en enfermedad y trastorno, se reconvierten en agentes externos a esas vidas y a esas complejidades, como accidentes cuasibiológicos que las personas sufren y que provocan que realicen actos execrables, sin tener que ver nada en ello.

 

 

 

            Ahora bien, ¿en que consiste este trastorno del alma humana? Se empieza a considerar la conducta de juego excesivo como enfermedad hacia el año 1975. Hasta entonces se entendía esta conducta como una afición o pasión desmedida, como vicio o como degeneración moral.  En 1980 la Asociación de Psiquiatría Americana, en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) lo incluye en una de sus categorías como Juego Patológico (APA,1980).  Los criterios diagnósticos han ido variando con el tiempo y en la actualidad se considera que una persona sufre este trastorno cuando se dan al menos cinco de los siguientes síntomas, asociados a “una conducta perjudicial y recurrente de juego”:

1)      Preocupación frecuente por jugar.

2)      Existe la necesidad de aumentar la magnitud o la frecuencia de las apuestas para conseguir la excitación deseada.

3)      Intentos repetidos sin éxito para controlar, reducir o parar el juego.

4)      Intranquilidad o irritabilidad cuando se intenta reducir o parar el juego.

5)      El juego como estrategia para escapar de problemas, o para mitigar un estado de ánimo deprimido o disfórico.

6)      Después de perder dinero en el juego, vuelta al día siguiente para intentar recuperarlo.

7)      Mentiras a miembros de la familia, terapeutas u otros, para ocultar el grado de importancia del juego.

8)      Comisión de actos ilegales como: fraude, falsificación, robo o desfalco, para poder financiar el juego.

9)      Arriesgar o perder una relación de importancia, trabajo, u oportunidad escolar o laboral a causa del juego.

10)  Engaños repetidos para conseguir dinero con el que mitigar la    desesperada situación financiera, en la que se encuentra, debida al juego. 

Por otra parte, la conducta de juego no se encuentra asociada a un episodio maníaco, con lo cual es necesario descartar esta posibilidad.

La naturaleza de este trastorno le equipararía a otros como la tricotilomanía (arrancarse el pelo), la piromanía (hacer fuego o incendiar), o la cleptomanía (robar cosas que en principio no son necesarias), suponiendo que la persona fracasa en contener el impulso de realizar la conducta “indeseable” y que por lo tanto, existe un trastorno del control de los impulsos.

Como puede verse, el diagnóstico se basa en una serie de signos que conformaría el trastorno. Estos signos son dispares y a su vez en muchos casos son conductas que dada la planificación, premeditación e inteligencia que requiere ponerlas en marcha, hacen dudar del diagnóstico mismo. Cualquiera que haya tratado alguna vez con una persona que se encuentre inmersa en una vida ligada al juego, puede ver que los argumentos  que sostienen el mundo que presenta a los demás, y que a su vez le permite continuar con su actividad lúdica, son de tal complejidad, que no sería posible llevarlo a cabo sin un alto nivel de premeditación y de reflexividad.  En casi todos los casos, precisamente lo que ocurre es que ese mundo presentado a los demás, ya no es posible sostenerlo de ninguna manera, y entonces se derrumba, haciendo muy complicado el que se siga jugando de la misma manera sin que ello tenga unas consecuencias casi inmediatas y nefastas. En ese momento es cuando se suele acudir a los profesionales o a las asociaciones de autoayuda, bajo  precisamente la explicación del trastorno y de la enfermedad. En cualquier otra circunstancia, el que los amigos o la familia supiera la verdad de lo que ha pasado con su patrimonio, con su tiempo y con su confianza, hubiera supuesto la total ruptura con el jugador, pero dada la implantación y popularidad de este tipo de explicación para actos que visto desde fuera son ilógicos e irracionales, la reacción en muchos casos consiste en buscar ayuda para el familiar o el amigo afectado por el trastorno.

Este punto es crítico, porque si al fin y al cabo, se consigue conservar el ente familiar, se perdona y se transige con los actos realizados por el jugador, y lo único que se ha perdido ha sido tiempo y dinero (que va y viene al fin y al cabo), ¿tiene algo de malo este modo de explicar y asumir la realidad de lo ocurrido?¿por qué cuestionar este modo de explicar la realidad? Para contestar a estas preguntas pretendo hacer un breve recorrido por las consecuencias indeseables que me he encontrado en los años de trabajo que he desarrollando “tratando” este trastorno tanto en Asociaciones, como en mi consulta particular.

En principio, se me ocurre que podría empezar diciendo que en casi todos los casos, es la familia la que consulta por el problema. Llaman, toman medidas, se ofrecen, ruegan….En esta “enfermedad” el enfermo sufre menos que su entorno, de hecho parece que su preocupación fundamental es como hacer para conseguir tranquilizar a su entorno. Así que el enfermo no está orientado a solucionar su problema.

Normalmente, antes de llegar a los profesionales o a los diferentes servicios, ya ha habido otras crisis, en donde la persona que ha estado jugando excesivamente, ha prometido enmendarse, y realmente lo ha conseguido sin mucho esfuerzo, durante algún tiempo, que normalmente suele coincidir con el tiempo que dura el ambiente familiar enrarecido y las consecuencias de los actos realizados en ese “episodio”.

En ese momento, el de la asistencia a algún servicio de ayuda, entra en juego la explicación de la enfermedad. Se le explica a la familia y amigos, en que consiste la enfermedad, y se incide en el hecho de que la persona que la sufre no es responsable de lo que ha hecho, ya que no sabia que sufría el trastorno. Además, la enfermedad es de carácter crónico, es decir, para toda la vida. Este modo de explicar, es ventajoso, en el sentido de que entonces la familia no tiene que enfrentarse a los interrogantes que se abrirían en sus vidas de hacer lo que harían si la explicación fuera otra. Y exactamente ocurre lo mismo con el jugador, simplemente elude las consecuencias de lo que ha hecho, ya que otros pagarán por él, y la idea de si mismo no se verá afectada, se podrá seguir viendo como una excelente persona, que tiene una enfermedad de la que no es responsable. Ahora bien, este planteamiento tiene consecuencias para todas las partes: Los otros, se ven obligados a cuidar, supervisar, controlar, y limitar, a una persona que ya no es fiable, puesto que si una vez perdió el control de sus actos de semejante manera, nadie les puede asegurar que esto no vuelva a ocurrir. La sospecha, la desconfianza, la inseguridad, y el miedo no abandonará durante mucho tiempo el ambiente familiar. Se reestructurará profundamente la economía, puesto que es necesario supervisar a un adulto que tiene un millón de maneras de conseguir dinero y hacer deudas. Y todo esto alientado por los profesionales o por los “compañeros” de la asociación.

Para la persona que sufre el trastorno, las consecuencias no son mejores. Si los otros han conseguido que asuma su enfermedad, cosa bastante complicada por cierto, el miedo también se instalará de modo casi permanente en su vida, ya que todo de pronto, es posible. El no poder fiarse de uno mismo, el asumir que uno hace cosas que tienen consecuencias terribles, sin desearlo, tiene aparejado el vivir en un organismo del que uno no es dueño, que tiene autonomía propia, y que por tanto no es fiable. Esto a su vez, justifica el que los demás reaccionen de la forma que lo hacen, y la renuncia a su propia autonomía como persona. A partir de ese momento, tiene que seguir las pautas que se le marcan y que marcan personas que a veces no tienen una mínima preparación, renunciar a llevar dinero y justificar hasta los gastos más insignificantes, dar explicaciones continuamente de donde se está y con quien, e incluso tener que permitir el que se le acompañe y se le cuide en determinadas circunstancias. Evidentemente se produce un abrupto cambio de roles familiares, que aunque en ocasiones resulta en un nuevo equilibrio relacional, en otros muchos, lo único que se consigue es prolongar el sufrimiento de todas las personas involucradas y el aplazamiento de toma de decisiones. 

¿Entonces? ¿no existe el trastorno?. En mi opinión, no exactamente. El problema a mi modo de ver, es la explicación peregrina que actualmente la ciencia médica ofrece para este, llamémosle, proceder. El problema estaría en que la persona no es capaz de controlar sus impulsos, y sucumbe a ellos. En algunos casos esta explicación ha estado sustentada por explicaciones biologicistas, e incluso genéticas, aunque nunca se ha podido establecer una buena teoría para explicar este tipo de problemas en personas sanas, es decir, en aquellas que no presentan de una forma evidente, una lesión o problema orgánico detectable. Seguramente, cualquier aprendizaje, cambio, comportamiento, etc…tiene correlatos neurofisiológicos, ahora bien, ¿esos cambios son la explicación de las conductas de las que hablamos, o consecuencia de las mismas?

Por tanto, y teniendo en cuenta este modo de explicar, la solución es controlar externamente a la persona descontrolada. Lo sorprendente, es que para ese control externo, esta persona descontrolada tiene que hacer una serie de cambios VOLUNTARIOS, y tiene que cambiar su proceder en su día a día, de forma VOLUNTARIA. El modo al que se refieren los familiares que pasan a controlar al enfermo, es que ellos “controlan” su dinero, y que se le han tenido que quitar las tarjetas. El modo en que se refiere el enfermo, es que le han quitado su dinero, que no le han quitado sus tarjetas, y que tiene que justificar a su familia  cada gasto que hace, y pedirles dinero para cualquier gasto. Por supuesto, además de todo esto, el profesional o la asociación le pide que deje de estar enfermo, es decir, que deje de jugar.

Sin embargo, es evidente, que sin la plena voluntad y autocontrol continuo del enfermo, nada de esto sería posible. Podría pedir dinero a sus amistades, podría sacar otras tarjetas, podría negarse a cualquier tipo de controles, podría seguir fingiendo y mintiendo y sobre todo, podría seguir jugando. Bajo determinadas circunstancias, asume este nuevo modo e incluso deja de jugar, al menos mientras las cosas se calman, en ocasiones incluso las nuevas condiciones se darán durante el resto de su vida, el problema es que seguirá sin entender nada de lo que le ocurrió y el miedo se instalará permanentemente en su persona.

¿Entonces, que alternativa existe? A mi entender, una conducta o un conjunto de ellas no deben entenderse como una patología, ni mucho menos como el resultado de no se sabe que procesos carentes de voluntad y por lo tanto de responsabilidad. Creo que en primer lugar, la visión del problema cambia si presentamos el juego excesivo, o la actividad de jugar, como SOLUCIÓN, no como problema. En segundo lugar, me parece que la estadística descriptiva no es una buena aproximación a este problema, necesitamos estudiar a cada persona como un mundo único, con sus propias reglas y significados. Todos podemos comprender que si observamos detenidamente a cien o mil personas que lloran (llorar es una conducta) podremos hacer estadística descriptiva, y decir que llorar consiste en que se mojan los ojos de una sustancia salina, el cuerpo está “decaído” y el tono muscular en general es “bajo”, se hacen sonidos con la boca y/o la nariz, y en algunos casos se puede esperar agitación de brazos y piernas, por lo que es conveniente, en esos casos “explosivos” apartarse del entorno de la persona que sufre el “ataque”.  Ahora bien, otra cosa es entender el motivo de la conducta de llorar, ya que si aspiramos a que cambie, difícilmente podremos aplicar la misma solución en todos los casos.  

No es lo mismo una persona que juega de modo excesivo entre semana, que aquella que juega sólo los días de fiesta y los fines de semana, ni aquella que sólo juega en su horario laboral o aquella que sólo juega antes de ir a casa.

Para entender esto, previamente tenemos, ante la propuesta de juego como SOLUCIÓN, entender a qué se está dando solución y qué tipo de solución, de qué naturaleza, qué aporta la conducta de juego al jugador, para convertirse en principio en SOLUCIÓN.

Por tanto, y siguiendo mi línea argumental, si que en muchos casos el jugador está profundamente confundido y ha perdido de vista totalmente el porque juega de la forma en que lo hace. Esta afirmación se confirma cuando le realizamos una entrevista de acogida al jugador, y exploramos sus explicaciones para lo que le ocurre. En un 95% de los casos, la principal motivación que exponen es que juega para ganar dinero o por el premio, no valorando en ningún caso, ninguna otra circunstancia. Por tanto, si introducimos al jugador en un sistema, en muchos casos de autoridad, en donde no se le hace valorar otro tipo de explicación, en donde se le presenta su problema como algo generado por circunstancias externas, y por la actividad en si misma (el juego), solamente se contribuirá a aumentar aún más su confusión. Lamentablemente este es el modo más habitual de tratar con este problema, y en muchos casos se le prohíbe al jugador, incluso jugar al ajedrez.

Por tanto las personas que trabajan para ayudar a las personas afectadas por los excesos con el juego,  deberían no ser unos expertos en juego, sino  expertos en el trato con personas, ya que en definitiva el juego no tiene nada que ver en los problemas que presentan. Y deberían, al menos, no contribuir a empeorar la situación de estas personas, ya que en muchas ocasiones las soluciones propuestas pertenecen exactamente al mismo tipo de las utilizadas por los jugadores, “pan para hoy y hambre para mañana”. En cualquier caso, de llevarse a cabo cualquier reestructuración o iniciativa, debería ser acordada con el máximo respeto con la persona que sufre el problema, y siempre dándole a entender que se realiza porque así lo quiere, y porque siente más seguridad, pero que en definitiva lo único que logra que no juegue es su decisión hasta el momento de no hacerlo.

A la vista de estos argumentos el lector que haya alguna vez tomado contacto con la obra de George Orwell, comprenderá el motivo del título de este ensayo, ya que la definición lingüística del problema, a nivel explicativo, tiene una importancia vital en cuanto a la terapéutica del juego patológico, y por tanto para las consecuencias en la vida de las personas que alguna vez se han visto afectadas directa o indirectamente por este problema.

 

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Jesús Castro Rodríguez

Psicólogo colegiado T-825

Director del Servicio de Atención a la Ludopatía de Santa Cruz de Tenerife (S.A.L)

Grupo GP de Servicios Psicológicos

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