|
Las niñas y los niños pequeños establecen
vínculos de apego con aquellas personas adultas que les cuidan y están cerca
de ellas. No tienen aún referentes para discernir si cada vínculo es o no de
calidad, y los van asumiendo según van llegando a su vida.
De bebés, confían en las personas adultas, pero es la calidad de la relación
la que hará que esa confianza se consolide o se tambalee y la calidad de
cada vínculo hará posible un desarrollo más sano. En el primer año de vida
favorecerá que la niña o el niño desarrollen la confianza en sí y estén a
gusto dentro de su propia piel. A los dos o tres años, posibilitará que
desarrollen su autonomía y empiecen a optar libremente sobre el uso de su
propio cuerpo y de las cosas; y ya algo más mayores, la calidad de cada
vínculo les ayudará a ir llevando la iniciativa en sus relaciones y en sus
actividades.
Un vínculo basado en la aceptación, la escucha, la seguridad y la confianza
propiciará que, a medida que vayan creciendo, entiendan y acepten con mayor
facilidad los mensajes, explicaciones, acuerdos, criterios o pautas que
dicen y establecen las personas adultas.
En definitiva, en función del tipo y de la calidad de estas relaciones, irán
creciendo mejor o peor, más deprisa o más despacio, con más o menos
dificultades para afrontar los conflictos, y siendo más o menos felices.
Crear y sostener relaciones con las niñas y los niños significa tener en
cuenta una serie de actitudes. Algunas de ellas son:
Aceptar
Cada niño y cada niña son diferentes y
singulares. Para reconocer estas peculiaridades y aceptarlas hace falta VER
a cada criatura. Si no se la ve, con todo lo que esto implica, es difícil
darse cuenta de cómo es, qué siente, por dónde va o cómo ha elaborado un
pensamiento.
Cuando son aún bebés, les encanta ver y
sentir el rostro de la persona adulta muy cerca cuando se les habla o se les
cambia. Se sienten de este modo vistos y en relación.
Ver con atención significa, por ejemplo, dar importancia a la piedra que una
niña ha recogido en el patio del colegio, a la pregunta que ha hecho un
niño, a cómo cada uno y cada una elabora sus juegos simbólicos, etc.
Aceptar a una criatura es aceptar sus formas de expresar la afectividad, sus
preguntas, sus miedos, sus dudas y contradicciones, sus modos de
relacionarse con su cuerpo, su ritmo, su desarrollo intelectual, sus deseos,
sus silencios, sus necesidades, sus conflictos y sus dificultades. Es
entender que se trata de un ser humano completo e integrado, y no una serie
de parcelitas que no tienen relación entre sí.
Es difícil ver y aceptar a un niño o a una niña si se cae en las prisas, en
la presión para que aprendan una serie de contenidos cuanto antes: ¡Cuánto
antes controlen los esfínteres…! ¡Cuánto antes aprendan a leer…! ¡Ya
camina…! ¡Ya corre…! ¡Ya come fruta…!
Estas prisas implican muchas veces una presión muy alta porque se les
instiga a ir más allá o en contra de lo que necesitan y están en disposición
de hacer. Además, la rapidez en la adquisición de estos conocimientos puede
significar perder la capacidad para disfrutar con lo que aprenden y
superponer estos logros a su necesidad de relación. Y todo esto puede
suponer un bloqueo emocional y/o intelectual.
No se trata, por tanto, de apresurarse en el desarrollo psíquico de cada
caso, sino de aceptar las etapas que va viviendo y ayudar a enriquecerlas
para que su crecimiento se vaya dando de una forma sólida y profunda. Es el
placer que siente por sus actividades lo que determina su ritmo.
La expresión de la afectividad es diferente en cada criatura. La afectividad
no es sólo cariño. Niños y niñas sienten diversas emociones que necesitan
expresar: si algo les molesta lloran, si algo les atrae sonríen.
Algunas veces prefieren no abrazar o besar a las personas adultas. Esto no
significa que no sientan cariño; aunque, cuando esta actitud va acompañada
de recelo o miedo, puede ser signo de algún conflicto. No hay que forzarles
a nada que no quieran ni hacerles sentir que son insensibles.
Por otra parte, algunas niñas y niños son
muy cariñosos, les encanta abrazar y besar. Es algo muy gratificante y
positivo. A veces, necesitan estar siempre manifestando este cariño a alguna
persona con la que se sienten especialmente seguros, lo que puede significar
una demanda de atención y protección.
Aceptar a una criatura es aceptar que es un niño o una niña y no una persona
adulta: que puede sentir mucho cariño por su osito de peluche del mismo modo
que por un amigo, que puede dar explicaciones mágicas sobre la realidad, que
necesita jugar y expresarse a través de sus juegos, etc. También que hasta
los dos años aprenden a borbotones y que, después de cada nuevo aprendizaje,
necesitan tiempo para digerir lo que han descubierto, asociar ideas y
verificar cómo altera lo que ya sabían. Sólo más tarde serán el lenguaje, el
pensamiento y las habilidades sociales las que ocupen el centro de atención.
Aceptarlos es aceptar su sexualidad, sus formas de expresarse y de vivir en
un cuerpo sexuado. Para ello, hace falta además, aceptar que existen formas
diversas y originales de ser niño y de ser niña, por ejemplo, que existen
niñas a las que les gusta jugar a la pelota, y niños a los que les gusta
jugar con muñecas y que por eso no son mejores ni peores. Todo esto implica
no predisponer a que una niña o un niño sean de una determinada forma sólo
por el hecho de ser de sexo femenino o masculino.
Escuchar
La escucha se da en una relación de
aceptación. La escucha implica interés por entender de verdad qué vive y
quién es el niño o la niña con quien nos relacionamos comprendiendo que es
un ser único.
Esto supone dedicarles tiempo para que puedan expresar, por ejemplo, sus
miedos a la oscuridad, a los ruidos, al vacío, etc.; también su alegría y
manifestaciones de cariño. Se trata también de prestar atención a sus juegos
y actividades, ya que es a través de ellos como suelen manifestar la mayoría
de sus sentimientos, emociones, necesidades, deseos y aprendizajes.
Asimismo, si les habituamos a que inventen historias, a través de ellas
podemos conocer lo que más les preocupa.
A medida que se expresan y conseguimos
entender de verdad qué quieren decir, les ayudamos a que ellos y ellas
también entiendan sus propias sensaciones y aprendan a convivir con ellas.
Escuchar con atención sus dudas y no ridiculizarles por sus contradicciones
es un modo de ayudarles a pensar, a sentir que son capaces de entender e
interpretar lo que les rodea, que se trata de un proceso gratificante, y que
preguntar y contrastar lo que se ha entendido es ir por buen camino.
Para escuchar hace falta tomarlos muy en serio y partir del hecho de que
ellas y ellos son quienes mejor saben lo que viven y lo que sienten, aunque
les falten las palabras y la experiencia para comprender esas vivencias y
sensaciones. No se trata, por tanto, de interpretar, juzgar o anticiparse a
lo que nos quiere expresar, ni tampoco de hacer trampa para sacarles
información, sino procurar comprender realmente en qué consiste.
Este proceso es complejo cuando se trata de niñas y niños, ya que a menudo
tienen dudas o necesidades que no saben expresar. En estas situaciones,
nuestro papel es el de ayudarlos a decir (con palabras o gestos) lo que
realmente quieren decir, asegurándonos de haberles entendido bien.
Muchas veces es más interesante escuchar que explicar, porque la escucha les
ayuda a entenderse y a entender desde lo que son, viven y sienten, y eso les
da confianza en sí, gusto por ser como son e interés por quienes les rodea.
Desde la escucha se puede llegar a entender las razones que les lleva a
hacer aquello que hacen y permitirles tomar la iniciativa en las relaciones
que establecen con nosotros.
Aprender a expresar lo que realmente se vive y se siente y abrirse a los y
las demás, es lo más importante para el desarrollo de su sexualidad y para
ser felices, más que cualquier información que les podamos dar sobre la
genitalidad o la fecundidad.
Este aprendizaje es casi imposible cuando priman la censura, los sermones,
las ideas
prefijadas, o la ansiedad por encontrar respuestas rápidas a lo que hace o
expresa una criatura. También cuando las personas mayores ponen el acento en
lo que deben ser dejando en un segundo plano lo que realmente son:
priorizando, por ejemplo, la necesidad de que usen perfectamente las
palabras sobre la necesidad de que expresen sus emociones; o poniendo el
objetivo de que aprendan una cosa determinada por encima de la curiosidad o
de las dudas.
Confiar
A menudo las personas adultas tendemos a
darles todo muy hecho a los niños y a las niñas, como si no creyéramos en su
capacidad para hacer determinadas cosas como, por ejemplo, elegir lo que
quieren hacer, tomar la iniciativa en la relación, expresar lo que sienten,
etc.
Sin embargo, cuando confiamos en sus capacidades les ayudamos a desarrollar
su propia autonomía y confianza, e incluso a que nos señalen el tipo de
apoyo que necesitan en cada momento, sin que tengamos que adelantarnos
siempre.
Partir del hecho de que las criaturas dependen de las personas adultas para
sobrevivir, no debe significar una anulación de sus capacidades ni un
retraso en el desarrollo de sus sentimientos de seguridad, sino todo lo
contrario.
Aceptar su libertad significa confiar en las niñas y en los niños y en su
capacidad de tomar decisiones por sí mismos. Lo que implica dar espacio para
que manifiesten sus gustos y preferencias.
Esto les enseñará a distinguir a aquellas personas que les gustan de las que
no les gustan, sus simpatías y antipatías. También a reconocer que las cosas
y las personas nos producen algunas emociones placenteras y otras
desagradables y que se puede decir que no a las expresiones afectivas que
resultan desagradables. Por ejemplo, no hay que dar un beso o un abrazo a
alguien cuando no se desea, ni aceptar formas de acercamiento, como
determinados tipos de besos o abrazos, si no les gustan.
Hay muchas preguntas y conversaciones que ayudan a este proceso y que no se
refieren exclusivamente a las relaciones con otras personas, sino a sus
gustos y preferencias: ¿Cuál es el color que más te gusta mirar? ¿Qué animal
es el que más te gusta tocar? ¿Qué alimento es el que más te gusta comer?,
etc.
Contestar
La actitud de las personas adultas ante las
primeras preguntas relacionadas con la sexualidad lleva a que las criaturas
sigan confiando en ellas sus dudas e inquietudes, o bien, que las canalicen
en otro lugar. De ahí que lo más importante no son los contenidos de las
respuestas, sino la disposición a contestar. Lo que importa es mostrar que
se responde porque hay un interés por la niña o el niño y dejar la puerta
abierta para que sigan preguntando siempre que quieran y necesiten.
No hay que sentirse mal por no saber la respuesta de algo que se nos
pregunta, siempre se puede buscar en un libro o preguntársela a otra
persona. La solución no está en las respuestas que se les dan, sino en las
respuestas que ellos y ellas encuentran.
No siempre se trata de responder a las preguntas que elaboran, sino de
atender a su curiosidad sexual, ya que a menudo no preguntan lo que
realmente quieren preguntar y hay cosas que no preguntan. VER, aceptar y
escuchar a las niñas y a los niños ayuda a saber cuándo y sobre qué hablar.
Además, es importante saber que, cuando se contesta a una pregunta, ésta no
está contestada para siempre. Con frecuencia, vuelve a surgir la misma
inquietud una y otra vez: a veces porque les gusta escuchar la respuesta,
otras porque necesitan escucharla varias veces para asimilarla dentro de su
interpretación de la realidad, otras porque aparecen nuevos matices que les
interesan, etc.
Asimismo, por muy claras que sean las respuestas, los niños y las niñas
tienden a hacer conexiones ilógicas y mágicas. Es importante no reírse de
estas conexiones y contestar a sus preguntas las veces que haga falta, no
centrándose sólo en hechos, sino en actitudes, sentimientos y expectativas.
En definitiva, lo más importante es mostrar interés por el niño o la niña;
que perciba una disposición de nuestra parte a recibir lo que a él o a ella
le preocupa, le inquieta o quiere saber; y, por supuesto, sentir que se le
respeta y se le dice la verdad.
Informar
Algunos conocimientos importantes no surgen
de forma espontánea en los niños y en las niñas y, sin embargo, necesitan
conocerlos para relacionarse bien con su cuerpo y desarrollar de un modo
sano su sexualidad. Así, por ejemplo, puede pasar que una niña no ve ni se
interesa por su vulva, que un niño piense que las niñas no tienen “nada” y
no lo diga en voz alta, que niños y niñas piensen que las parejas sólo
pueden estar formadas por personas de sexo diferente y no lo manifiesten
abiertamente, etc.
Informarles y darles la oportunidad de
pensar sobre estas cuestiones es abrirles la puerta para que su mirada sea
más amplia, más sana y más fresca. Es importante saber que la información no
despierta prematuramente el comportamiento sexual, simplemente evita que
éste se desarrolle de forma negativa.
No hay que olvidar que informar no es lo mismo que imponer, sermonear o
“sentar cátedra”. Es simplemente contar aquello que ellas y ellos no saben y
les viene bien saber.
Mostrarse
Expresar y hablar sobre nuestras propias
experiencias, relatarles cómo ha sido nuestro
propio proceso de crecimiento y nuestras experiencias sexuales infantiles es
un buen punto de partida. Es un modo de dejarles claro que pueden hablar
sobre la sexualidad con nosotras y nosotros.
Se trata simplemente de contar aquello que se sienta como importante, que
venga a cuento, que resulte agradable y que apetezca. No hay que contar nada
que no se quiera, simplemente abrir la puerta para que niños y niñas se
atrevan también a hablar y expresarse; sobre todo cuando no hay preguntas ni
manifestación explícita de curiosidad.
Mostrarnos es también explicarles de dónde vienen algunas de nuestras
reacciones que les pueden resultar molestas o confusas. Así, por ejemplo, es
frecuente que las personas adultas pierdan los nervios, fundamentalmente
cuando sus prioridades chocan con las necesidades infantiles. Este tipo de
reacciones hace que muchos niños y niñas sientan que fallan o son incapaces.
De ahí la importancia de explicarles qué hay detrás de estas actitudes,
haciéndoles ver que sabemos que no es fácil para una niña o un niño recoger
los juguetes o desayunar más deprisa. Esta comunicación ayuda a que la
criatura tenga una mayor comprensión de sí misma.
Para que nuestras relaciones con niños y niñas se vivan de un modo sano, es
importante que no renunciemos a nuestro propio placer, convicciones y
necesidades. No sólo para no perder la propia salud, sino porque su relación
con personas capaces de respetarse, cuidarse y tenerse en cuenta es
beneficiosa.
Decir la verdad
A menudo, es preferible el dolor que les
puede suponer una verdad que no les gusta a la sensación de que les hemos
engañado. Engañarles es decir, por ejemplo, que papá vuelve ahora mismo
cuando en realidad se tiene que ir al trabajo; o prometerles cualquier cosa
que no podemos cumplir o que no sabemos si realmente se podrá hacer
realidad.
La honestidad produce confianza y, si hay una relación de confianza, los
niños y las niñas sabrán que pueden preguntar sobre sexualidad y las
preguntas fluirán solas. Por otra parte, las mentiras hacen que las
criaturas dejen de preguntar espontáneamente por cuestiones sexuales.
También es honestidad decirles que no sabemos todo lo que nos preguntan o
que sobre determinada cuestión nos resulta difícil hablar. Ante nuestras
limitaciones, podemos acompañar a los niños y a las niñas a otra fuente de
información, y hacerles saber que nos interesan sus dudas.
Dar medida
Dar libertad para que expresen su
singularidad no significa que puedan hacer todo lo que quieran sin atender a
lo demás. De hecho, para vivir y desarrollar la propia libertad, es
necesario tener un gran sentido de la responsabilidad. Ambas cosas van
unidas.
Hay dos ideas que tienen mucha fuerza hoy en día en nuestra cultura y que
están produciendo dificultades para dar medida y para proponer límites y
normas claras a niñas y a niños que les ayuden en su desarrollo afectivo.
Por un lado, relacionar éxito con capacidad
para consumir y competir. Detrás de esta idea hay una concepción
individualista del ser humano, como si cada cual se hiciera a sí mismo o a
sí misma sin la necesidad de referentes, medida e intercambio. También
conlleva entender las relaciones como situaciones en las que predomina el
hacerse valer sobre la escucha, el entendimiento y el intercambio.
Por otro lado, la voluntad de superar los modelos educativos autoritarios de
otros tiempos que consideraban que en la infancia no se tiene nada que
aportar y todo por asimilar, lleva a algunos educadores y educadoras a
entender hoy que tener en cuenta a una niña o a un niño es “todo vale con
tal de que estés bien”.
Estas ideas confunden y desorientan porque no se corresponden con la
realidad infantil. Hacen difícil comprender, por ejemplo, que regalar menos
juguetes no significa quererles menos y a lo mejor sí la posibilidad de que
disfruten de sus juguetes; o que el llanto ante un cambio que les disgusta,
como ir a dormir a su propio cuarto, es parte de la vida y puede darles la
oportunidad de tener más intimidad y autonomía.
Una medida importante que niños y niñas
necesitan es aquella que les permite distinguir intimidad de prohibición.
Deben aprender a vivir su propia intimidad y a respetar la intimidad ajena
para vivir una sexualidad sana. De hecho, uno de los límites en el diálogo
con ellos y ellas es la intimidad, tanto la suya como la de las personas
adultas que les educan.
Se pueden enseñar claves que les ayuden a
crear su propia intimidad y respetar la intimidad ajena: tocar la puerta
antes de entrar, pedir estar solo o sola cuando lo desean, etc. De este modo
entenderán que cuando se les aconseja no tocar sus genitales delante de
otras personas no implica que sea algo malo, sucio o prohibido, simplemente
que es una práctica íntima.
Dar medidas adecuadas es posible cuando se
establece una relación basada en la autoridad. Las relaciones de autoridad
son aquellas que hacen crecer; están basadas en la confianza y en el
reconocimiento de la disparidad entre quien educa y quien aprende. Es decir,
que el educador o la educadora tienen saberes de los que las criaturas
aprenden y que, a su vez, las personas mayores aprenden también en su
relación con las y los pequeños.
La autoridad no aplasta, la tiene quien,
con su palabra, su saber y su escucha, favorece el desarrollo de los deseos,
pensamientos y palabras de las demás personas. No tiene nada que ver con el
autoritarismo ni con “el todo vale”.
Proteger
Las niñas y los niños, en su primera
infancia, son más vulnerables a determinadas actitudes que les pueden quitar
la confianza y seguridad en sí mismos. Son ejemplos de estas actitudes:
- Las manifestaciones de pena cuando
parecen “diferentes” por ser de otra cultura, por tener menos estatura de lo
normal o por tener una enfermedad crónica. La pena no ayuda a vivir estas
diferencias de forma positiva.
- La sorna o la risa ante cosas que niños y niñas viven con suma
importancia, como pueden ser sus enamoramientos. Esta actitud les cierra,
hace que escondan estos sentimientos o no quieran hablar más de ellos.
- El enfado cuando no quieren dar un beso o un abrazo, así como otros tipos
de exigencias afectivas, que son muestras de falta de respeto y de no
aceptar sus deseos.
Es común obligarlos a aceptar estas
actitudes como muestra de su buena educación, en lugar de protegerlos e
intentar que las personas adultas que actúan de este modo dejen de hacerlo.
Evitar estas actitudes es ayudar a que se les tome en serio y es, por tanto,
darles seguridad.
No hay que olvidar, sin embargo, que la
protección puede convertirse en sobreprotección cuando no se les permite que
aprendan a crear lazos afectivos con personas que no son del ámbito
familiar; por ejemplo, con la madre de otro niño en el parque o con el
abuelo que va a recoger a su nieta a la Escuela Infantil.
Proteger es propiciar un entorno afectivo
sano y tranquilizador que les permite probar sin miedo diferentes
experiencias, adquiriendo poco a poco mayor autonomía.
Continuación:
La
conciencia de ser niña o ser niño
|