|
Presentación |
Toda persona adulta ha tenido una historia
llena de vivencias y experiencias que han ido configurando sus actitudes,
sus modos de pensar, sentir y actuar en relación a su sexo y a la
sexualidad. Estas actitudes no son inamovibles y están en continua
transformación.
Es frecuente que madres y padres, maestros y maestras, con el afán de darles
la oportunidad de tener una vivencia de la sexualidad más libre que la
propia, “hagan teatro”, se vean interpretando un papel que no se corresponde
con lo que realmente sienten y son.
Así, por ejemplo, una madre a la que no le gusta conducir puede sentirse
forzada a hacerlo tan bien y con la misma frecuencia que su marido restando
importancia al hecho de que ya es significativo que siendo una mujer pueda
conducir cuando quiera, mientras su madre o su abuela nunca lo han hecho. En
el caso de un maestro, puede, por ejemplo, empeñarse en demostrar que sabe
saltar a la comba, aunque ni le guste ni sepa hacerlo, cuando en realidad lo
importante no es que lo haga muy bien sino mostrar interés por el juego y
por aprender de las niñas.
Otras veces, para dar ejemplos de masculinidad y feminidad no
estereotipados, educadores y educadoras tratan de representar papeles
“alternativos” a los roles sexistas tradicionales, no mostrando así sus
propias limitaciones o sus logros personales en este terreno.
“Hacer teatro” implica un gran esfuerzo que quita frescura y espontaneidad a
la relación con cada niño y cada niña, y que, por lo mismo, resulta cansado.
Además, se trata de un esfuerzo que no garantiza que las contradicciones y
los miedos no aparezcan.
Cuando se pone el acento en lo que se debe o no se debe hacer, dejando en un
segundo plano lo que somos, puede ocurrir incluso que un hombre o una mujer
escondan sus propios avances por miedo a que repercutan negativamente en las
criaturas. Puede ocurrir, por ejemplo, que un padre deje de mostrarse muy
cariñoso con sus amigos por miedo a que su hijo piense que “no es un hombre
de verdad”, o una madre deje de salir con sus amigas por miedo a que su hija
piense que “no es una buena madre”.
El mejor punto de partida es reconocer los propios deseos, saberes, avances,
dificultades, miedos, pudores, etc. y empezar a aceptarlos. Sólo desde ahí
es posible decir la verdad y buscar los modos de hacer educación
afectivo-sexual sintiéndose bien.
Ello implica no renunciar a la propia historia, aceptar los propios límites
y necesidades
(tanto de recursos, como de información o de apoyo), valorar las propias
conquistas y avances en relación a lo que fue nuestra propia infancia, y
reconocer que es un avance histórico querer hacer una educación sexual más
sana y libre que la recibida.
Tomemos como ejemplo a una madre que piensa que es bueno dejar que su hija
se autoexplore sus genitales. No censurará a la niña, incluso estará
dispuesta a hablar de ello, pero es probable que no pueda evitar sentirse
extraña ante esta práctica, y la hija, de un modo u otro, notará dicha
inquietud. En relación a lo que ha sido su propia educación, en la que la
autoexploración estaba prohibida, esta mujer ha dado un gran paso.
Sin embargo, el sentimiento de inquietud es algo que está ahí, si es tomado
con cariño y aceptación probablemente dejará de implicar culpa o ansiedad, y
será más fácil entenderlo y, a veces, incluso minimizarlo. La inquietud
puede implicar un problema, pero si además se siente la obligación de dejar
de sentir esa inquietud, entonces el problema es doble.
Cuando las personas mayores se muestran tal como son ante sus hijos o hijas,
alumnos o alumnas, les están transmitiendo que ellas y ellos también pueden
ser y expresarse como son, que aceptan su curiosidad, sus preguntas y sus
demandas. Y, además, que la forma de canalizar estas demandas no es única.
Cada una y cada uno ha de ir encontrando su propia manera a medida que las
demandas se vayan produciendo. Por ejemplo, si una madre o un padre tienen
pudor de mostrarse desnudos ante sus hijos o hijas, es interesante que lo
reconozcan en lugar de fingir
que les da igual, explicando que también hay otras personas a las que no les
importan y ninguna de las situaciones es un problema.
La calidad de la relación es más importante
que los mensajes que se dan o se dejan de dar, porque en ella, aunque no se
tengan todas las respuestas, la criatura podrá aprender a expresar también
sus miedos e inquietudes. Y esta relación puede ser una fuente de
aprendizaje también para la persona adulta.
En definitiva, para hacer educación sexual no hay que forzarse a nada, ni
intentar ser quien no se es. Hablar de los propios temores, dudas y
experiencias es enseñar a las niñas y a los niños a mostrarse tal como son,
es enseñar a aceptarse y a aceptar a las y los demás.
Continuación:
Entendernos y aceptarnos
|
No
es necesario "hacer teatro"
|