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Los y las bebés ven sólo imágenes y se
“funden” con los demás cuerpos; no comprenden dónde empiezan y terminan sus
cuerpos y sus sensaciones, es decir, no saben aún diferenciarse de las demás
personas.
Un niño o una niña aprenden a reconocerse como seres únicos y diferentes y a
reconocer a los otros y a las otras, a través de las relaciones que
establecen. Aprenden, en primer lugar, a reconocer a las personas adultas
más cercanas y, a través de los vínculos que establecen con ellas, a
diferenciar a las personas entre sí.
Es común que el vínculo más fuerte que una criatura establezca sea con su
madre. Asimismo, diferentes prácticas dan cuenta de cómo un padre también
puede establecer con su hijo o hija un vínculo basado en el cuidado y en el
intercambio afectivo.
Los maestros y maestras, los abuelos y abuelas, los cuidadores y cuidadoras,
y cualquier persona adulta que se relacione con las niñas y los niños,
pueden establecer vínculos de apego con ellas.
El apego proviene de la confianza que sienten por sus mayores y la seguridad
que esta confianza les da. Y son esa seguridad y confianza las que les
permiten abrirse a las demás personas.
A través de estos vínculos aprenden a expresar la afectividad. Por ello, es
bueno para su desarrollo, que tengan más de un vínculo de apego porque
supone la posibilidad de experimentar más estímulos, diferentes emociones y
diversas formas de expresarse.
En el periodo que va desde los cero a los dos años, los vínculos de apego
tienen un papel básico.
Si la niña o el niño se sienten queridos aprenderán a querer y querrán
mostrar ese sentimiento. A partir del año y medio hay cambios importantes en
la vida infantil, ya que entonces se adquieren competencias lingüísticas y
motoras. Las personas adultas empiezan a regular su conducta y a hacerles
cumplir normas, lo que da lugar a conflictos relacionados con la dificultad
para aceptar límites y para desarrollar la autonomía.
Estos cambios les llevan a sentir celos porque creen que ya no son el centro
del amor de la madre y/o el padre y temen perderlos. A su vez, esta nueva
situación implica un aprendizaje muy importante porque es necesario saber
que no siempre se es el centro de atención. La evolución sexual de esta
época va a depender, entre otras cosas, de cómo el niño o la niña vivan y
resuelvan esas sensaciones y conflictos.
La influencia de las figuras de apego se extiende a toda la infancia y
adolescencia, aunque cada vez va ocupando un lugar menos central. Los
vínculos de apego marcarán sus relaciones futuras: la persona tenderá a ser
cálida o fría, confiada o desconfiada, según cómo hayan sido estos primeros
intercambios.
Continuación:
El
contacto físico
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