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Aunque todas las personas adultas que se
relacionan con niños y niñas hacen, de un modo u otro, educación sexual, es
común la reflexión sobre qué personas son las que están realmente
autorizadas para hacerlo; y también cuáles son la preparación y los
conocimientos necesarios.
¿Familia o Escuela?
Tradicionalmente se ha creído que la
familia es el único lugar realmente autorizado para hacer educación sexual.
Se ha afirmado además que no todas las familias están preparadas para ello,
ya que aquellas que se desvían de la norma imperante pueden dañar la
sensibilidad y el desarrollo del niño o de la niña.
Sin embargo, hoy en día, el concepto de familia ha variado mucho confluyendo
en él muchos tipos de convivencia: familias sólo con padre o sólo con madre,
familias que tienen a sus abuelos y abuelas compartiendo la casa, familias
constituidas por parejas homosexuales y otras por parejas heterosexuales,
etc. Y en todas se pueden hacer educación sexual de calidad, porque en todas
se puede crear vínculos afectivos sólidos y sanos que ayuden a las criaturas
a crecer con seguridad y confianza.
Asimismo, la información y la educación sexual han pasado de ser una tarea
considerada propia del ámbito privado de la familia y del entorno más
íntimo, a formar parte también de la vida social, cultural, política y
educativa. De tal modo que, hoy en día, se acepta y se considera necesario
que la escuela también juegue un papel importante en esta tarea.
De hecho, si consideramos que cada niña y
cada niño es un ser sexuado, entenderemos que no se puede quitar la
sexualidad al entrar en la escuela y ponérsela al volver a casa, o
viceversa. Entenderemos que la sexualidad les acompaña allí donde estén y,
por ello, tanto el profesorado como las familias, así como todas aquellas
personas adultas que establecen vínculos de algún tipo con niños y niñas,
son referentes de gran importancia para su desarrollo sexual y afectivo.
La educación sexual
en la escuela y en la familia
Los niños y las niñas establecen sus
primeros vínculos en la familia, y suelen recibir de su madre y/o padre una
dedicación e implicación muy profunda que difícilmente se vuelve a dar en
otros lugares. En el contexto familiar suele ser más fácil la atención a la
singularidad de cada una y cada uno.
Los cambios producidos con la incorporación masiva de las mujeres al mercado
laboral han dado lugar a una escolarización más temprana, de modo que la
escuela suele compartir con la familia los primeros años de su
socialización. Se podría decir que, de algún modo, las escuelas infantiles
ensanchan el marco familiar y significan hoy en día el lugar por excelencia
donde niños y niñas aprenden a socializarse.
Las maestras y maestros cuentan generalmente con más conocimientos teóricos
y técnicos relacionados con la educación que las madres y los padres. Son
conocimientos que ayudan, pero que carecen de sentido si no se ponen todos
los sentidos en la tarea, si el goce no forma parte del intercambio afectivo
con los niños y las niñas.
La escucha, la creatividad y la apertura son los elementos que permiten
saber qué estrategia es la más adecuada para cada momento y para cada
criatura. Sin embargo, cuando la relación se basa fundamentalmente en los
manuales o en las grandes teorías, la relación corre el riesgo de
convertirse en una técnica, perdiendo su frescura y potencial creativo.
Crear un ambiente afectivo es la base para cualquier tipo de aprendizaje,
sea éste realizado en casa o en la escuela. Lo que supone, además, la
creación de referentes significativos para el aprendizaje de la expresión de
los sentimientos y el intercambio de afectos.
En definitiva, aunque ser madre (o padre) y
maestra (o maestro) no es lo mismo, ya que suponen implicaciones y contextos
diferentes, los elementos básicos y necesarios para educar la sexualidad de
niños y niñas no difieren de un modo claro y preciso entre la escuela y la
familia, porque lo que realmente importa es la calidad de la relación que
establezcamos en ambos casos.
Colaboración entre familias
y escuela
Si aceptamos que la educación sexual es
responsabilidad tanto de las familias como de las escuelas, se hace evidente
la necesidad de intercambio entre quienes educan en los dos ámbitos, lo que
conlleva intentar superar barreras y dificultades que pueden limitar esta
comunicación.
Para algunas familias, no es fácil aceptar que en la escuela se trabaje la
sexualidad con sus hijos e hijas. Asimismo, para algunas madres y/o padres,
hablar de lo que viven sus hijas e hijos en casa no siempre supone una tarea
fácil, ya que muchos de sus comportamientos y sufrimientos tienen que ver
con determinados acontecimientos familiares. Les cuesta ahondar en todo
ello, entre otras cosas, porque temen la culpabilización, los posibles
reproches o la falta de comprensión por parte del profesorado.
Por otra parte, algunos maestros y maestras no terminan de tener claro que
la educación sexual sea realmente una función que les corresponde. Quienes
sí lo tienen claro, sienten cierto temor a que las familias interpreten este
trabajo o cualquier manifestación de afecto hacia sus hijos o hijas como
abuso o perversión.
Por todo ello, para que ambas instituciones colaboren entre sí, hace falta
crear relaciones de confianza en las que sea posible decir la verdad,
nombrar y ahondar en estas dificultades sin negarlas ni esconderlas, y
encontrar los modos de colaborar que tengan en cuenta los miedos,
necesidades y deseos de todos y todas.
Hay actitudes que ayudan a entender nuestras propias dificultades y las del
otro o la otra, y a abrir un proceso de comunicación que parta de la
confianza y el respeto mutuo. Estas son algunas de ellas:
- La honestidad para contar aquello que se
hace y lo que no se hace en la práctica educativa que cada cual desarrolla.
Lo que implica preguntarse:
+ ¿estoy en disposición de contar la verdad
sobre mis formas de sentir y hacer educación, o temo los riesgos que van
implícitos cuando hablo en primera persona?
- La humildad para aceptar las dificultades y miedos (tanto propios como
ajenos). Lo que implica preguntarse:
+ ¿estoy en disposición de escuchar los
miedos y dificultades ajenos sin enjuiciarlos?;
+ ¿soy capaz de expresar mis miedos y
dificultades sin sentir que con ello estoy mostrándome “poco” profesional?;
+ ¿soy capaz de expresar mis miedos y
dificultades sin sentir que con ello soy una “mala madre” o un “mal padre”?
- La apertura que permite reconocer que un maestro o una maestra puede
aprender de una madre o un padre, y viceversa. Lo que implica preguntarse:
+ ¿estoy en disposición de dejarme dar y de
aprender de las experiencias de otras personas que no forman parte de mi
familia?;
+ ¿estoy en disposición de dejarme dar y de
aprender de las experiencias de otras personas que no son profesionales de
la enseñanza?
- Las ganas de facilitar el trabajo de todos y todas poniendo sobre la mesa
aquella información y herramientas que se conocen y se consideran útiles. Lo
que implica preguntarse:
+¿siento que al dar este tipo de
información estoy abriendo un camino para intercambiar saberes o, por el
contrario, siento que estoy exponiéndome demasiado?
En las relaciones entre la familia y la escuela, lo importante es que cada
cual (sea padre, madre, maestro o maestra) procure entender en cada
situación concreta qué es lo que dificulta el desarrollo de estas actitudes,
sobre todo aquello que tiene que ver con uno mismo o una misma.
No se trata de buscar culpables, ni de obligarnos a hacer aquello que no nos
sale, sino de entender para buscar los modos realmente posibles de
transformar aquello que no funciona o funciona mal.
Continuación:
No
es necesario "hacer teatro"
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