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Los estereotipos son creencias sociales compartidas sobre
las características de un
determinado grupo o categoría social. El contenido de estas
creencias incluye múltiples
facetas, como la forma de ser, los rasgos más
característicos, o las costumbres
que se supone que poseen los miembros del grupo
estereotipado.
Una de las características de los estereotipos de los
géneros es la de establecer una dicotomía
entre lo femenino y lo masculino, de tal forma que las
características que definen
a uno y otro concepto no sólo son diferentes, sino
antagónicas. Nos encontramos así con
dos dimensiones opuestas a las que algunas autoras y autores
denominan comuniónagencia
y otros expresividad-instrumentalidad, mediante las que se
definen lo que es
característicamente femenino y lo que es característicamente
masculino.
El estereotipo de la mujer gira en torno a las creencias de
que, en comparación con
el hombre, es una persona preocupada por el bienestar de los
demás, interesada en
las relaciones interpersonales afectivas, en la búsqueda de
armonía entre las personas
que la rodean, y capaz de expresar abiertamente sus
emociones. Esta sería la
dimensión de comunalidad o de expresividad. Por el
contrario, el estereotipo del hombre
presenta a éste como una persona preocupada por la propia
autoafirmación,
orientada hacia el control y el dominio, y que antepone los
aspectos relacionados con
el logro de objetivos a los emocionales. Estas
características se corresponden con la
dimensión de agencia o instrumentalidad.
Es importante recalcar que estas diferencias se observan
siempre como un proceso de
comparación entre hombres y mujeres que se consideran
equivalentes en otras características.
Es decir, servirían para distinguir a la mujer universitaria
del hombre universitario.
No se aplicarían si la comparación se hace entre mujeres
universitarias y
varones campesinos. En ese caso, los estereotipos de los
géneros interaccionarían con
los estereotipos característicos de otros grupos sociales.
Williams y Best (1990), en un estudio realizado en 30 países
sobre el contenido de
los estereotipos de los géneros, comprobaron que existe un
gran consenso transcultural,
en el que se reflejan esas dos dimensiones que definen los
femenino y lo masculino. Estos
autores encontraron que las diferencias entre países, en
cuanto a lo tradicionales que
eran los estereotipos, se relacionaban más con las creencias
de tipo religioso o con el
sistema de valores sobre el trabajo que con la situación
educativa o laboral real de la
mujer.
Por nuestra parte, hemos analizado las características de
este tipo de estereotipos en
España, centrándonos en dos de sus componentes: los roles y
los rasgos de personalidad.
El estudio, promovido y financiado por el Instituto de la
Mujer en 1994, se realizó
sobre una muestra de 1.255 personas, representativa de la
población española
mayor de 18 años, en la que se tuvieron en cuenta las cuotas
de edad, sexo y hábitat
correspondientes.
En lo que respecta a los estereotipos de roles, encontramos
que existía estereotipia,
sobre todo en los roles familiares. Las respuestas seguían
el patrón tradicional, considerando
que las mujeres deben ocuparse más de las tareas del hogar y
de la atención
a los niños y niñas, y los hombres más del trabajo
asalariado fuera de casa. No
obstante, encontramos importantes diferencias en la
intensidad del estereotipo de rol
en función de la edad, el sexo, o el tipo de hábitat de los
sujetos de la muestra. Las
mujeres en general, la gente más joven y las personas que
vivían en ciudades más
grandes tenían menos prejuicios. Parece que, en relación con
los roles, las personas
con experiencia propia de cambios sociales en los papeles
tradicionales de las mujeres,
han cambiado el contenido de estos estereotipos.
En la medida de estereotipia de rasgos de personalidad, las
respuestas reflejaban claramente
la existencia de las dos dimensiones anteriormente
mencionadas. Así, a las
mujeres se les asignaba más que a los hombres las
características de personalidad
expresivo-comunales: amantes de los niños/as, tiernas,
comprensivas, compasivas,
sensibles a las necesidades de otras personas, cariñosas,
afectuosas, y que lloran fácilmente.
A los hombres, sin embargo, se les asignaban rasgos
instrumental-agentes:
actúan como líderes, amantes del peligro, individualistas,
agresivos, de personalidad
fuerte, atléticos, egoístas y duros.
Pero lo más inesperado de nuestros resultados, en el citado
estudio, es que no encontramos
diferencias en la intensidad de la estereotipia de rasgos de
personalidad cuando
comparamos a las personas jóvenes con los mayores, a los
hombres con las mujeres,
ni tampoco en los diferentes grupos clasificados por el
habitat. No parece, de
acuerdo con estos resultados, que el contenido de los
estereotipos de características
de personalidad se haya modificado por la experiencia de los
sujetos en relación con
los cambios sociales (López-Sáez y Morales, 1995; Morales y
López-Sáez, 1996).
La evidencia empírica, por lo tanto, pone de manifiesto la
fuerza de las creencias
estereotipadas sobre las diferencias de personalidad entre
mujeres y hombres y que
esas creencias se modifican menos que las estructuras, ya
que no se ven afectadas por
los cambios objetivos acaecidos en los últimos lustros, de
los que las mujeres han sido
protagonistas. Si tenemos en cuenta el contenido de estos
estereotipos, no se puede
decir que el estereotipo de la mujer sea más negativo que el
del hombre o al contrario.
En ambos hay características positivas y negativas. El
problema radica en que
dibujan dos tipos de persona con personalidades muy
diferentes. Los estereotipos de
personalidad sirven para justificar las desigualdades en
roles profesionales al establecer
una razón fundada en sus propias características. A su vez,
el que hombres y
mujeres ocupen diferentes roles y estatus en nuestra
sociedad lleva aparejado el que
se les asocien diferentes características de personalidad, y
que se crea que esas diferencias
están marcadas por la naturaleza. Este bucle de
interrelaciones de la estructura
social y de las creencias de las personas es lo que mantiene
las desigualdades.
Es importante recalcar que estos estereotipos son la base de
los prejuicios, que afectan
tanto a hombres como a mujeres, por el carácter que tienen
no sólo descriptivo,
sino prescriptivo. Una vez que la persona aprende que es
“niño” o que es “niña”, va
aprendiendo también cual es la conducta apropiada para esa
auto-categorización,
siguiendo las prescripciones culturales asociadas su sexo.
Un aspecto esencial del
autoconcepto es, precisamente, la identidad de género. Tanto
los hombres como las
mujeres, cuando no cumplen con esas prescripciones de
género, sufren las consecuencias
y su conducta suele ser socialmente criticada y rechazada.
Hay que tener en cuenta este tipo de procesos para
comprender cómo se perpetúan
los estereotipos de los géneros. Huici (1984) ha estudiado
los estereotipos de género
desde la óptica de las funciones individuales y sociales que
cumplen. La evidencia en
el campo de la valoración de las tareas es que se da un
sesgo a favor de los hombres,
al sobrevalorar más el mismo trabajo cuando el autor es
varón que cuando es una
mujer. Esta autora resalta, también, la función de
justificación, es decir, la vinculación
existente entre el contenido de los estereotipos de género y
las prácticas discriminatorias.
El no asociar a las mujeres con la dimensión de competencia
(instrumental-
agente), y sí con la afectiva, sirve para justificar la
ausencia de mujeres en
posiciones de poder en las organizaciones.
Enlazando con el objeto de estudio de nuestro trabajo, no es
difícil establecer una
relación entre las características de personalidad
atribuidas de forma estereotipada
a las mujeres y las carreras en las que son mayoría. Los
rasgos de personalidad de la
dimensión expresivo-comunal dibujan un perfil de persona
especialmente adecuada
para las profesiones y roles que tienen que ver con la
educación y con la atención y
cuidado de otras personas. Por otro lado, las
características de la dimensión instrumental-
agente, estereotipadamente atribuida más a los hombres, es
más adecuada
para cualquier profesión que exija competitividad, fuerte
motivación de logros personales
y que vaya encaminada a puestos directivos. Este segundo
perfil de personalidad
es más idóneo que el primero para desempeñar las tareas
exigidas en las profesiones técnicas.
Información extraída del
Portal
del Ministerio de Educación, Política Social y Deporte.
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