LA EDUCACIÓN EN VALORES
Y EL APRENDIZAJE ÉTICO-

 

 

 

 

 

LOS PROPÓSITOS DE LA EDUCACIÓN EN VALORES

 

 

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El trabajo sobre las dimensiones consideradas no puede estar exento de
un conjunto de contenidos en función de cuales conformar las competencias
éticas, personales, sociales y ciudadanas de los alumnos y alumnas.
Además debe estar guiado por unos propósitos coherentes con los
objetivos propios de una propuesta de educación para la ciudadanía y
los derechos humanos. Nuestra propuesta trata de crear condiciones
que promuevan, en primer lugar, implicación en proyectos colectivos;
en segundo lugar, ejercicio de la responsabilidad; en tercer lugar, ciudadanía
activa y, en cuarto lugar, inclusión social.
La implicación en proyectos colectivos es central si tenemos como
objetivo promover una ciudadanía activa, implicada, capaz no tan sólo
de construir modelos de vida buena, sino también de construir modelos
de vida justa y de intentar transformar la sociedad en función de
criterios de equidad y dignidad. Sin esta implicación parece difícil
avanzar hacia un nuevo modelo de sociedad en la que seamos capaces
de entender que sólo es legítimo el interés particular si no va en contra
del interés común. Trabajar en ello supone incidir no sólo en la
razón, sino también en la voluntad y en el mundo de los sentimientos.
Es difícil educar para la solidaridad sin enseñar a asumir pequeñas contrariedades.
El sistema educativo ha evitado excesivamente el error, el fracaso
y la contrariedad. El sistema educativo y los educadores debemos
recuperar el valor pedagógico del esfuerzo. Conviene destacar pedagógicamente
que estar entrenado en la aceptación de pequeñas contrariedades y
en la superación de dificultades es una condición necesaria para que la persona
pueda construirse de forma autónoma y sostenible en contextos
caracterizados por la diversidad. Es muy difícil que una persona aprenda a
renunciar a intereses particulares en función de un bien común y que
entienda que el bien particular es legítimo únicamente si no está en contra
del bien común si, por otro lado, esta persona no está educada en la aceptación
de pequeñas limitaciones. La población de las zonas más ricas del
mundo tendremos que aceptar que este bien común no supondrá probablemente
una mejora de los bienes particulares.
Aprender a ejercer la responsabilidad quiere decir que la persona en
formación se haga cargo del mundo donde vive. Significa también asumir
consecuencias de sus acciones, reconocer que es el autor de las mismas
y que es responsable de sus comportamientos. La responsabilidad
requiere reflexión sobre las consecuencias de nuestras acciones y trabajo
sobre los sentimientos morales como actores y como observadores.
Pero el ejercicio práctico de la responsabilidad no se puede sustituir por
ninguna de las otras vías y es condición necesaria.
Promover una ciudadanía activa consiste en pasar de la posición de
espectador a la posición de participante. El ámbito de la educación
ambiental nos enseña que la búsqueda del bien común es condición
necesaria del bien particular y nos muestra dos tipos de ciudadanía al
respecto: una ciudadanía enraizada sólo en los derechos y otra enraizada
en los derechos y los deberes, partícipe y activa, no de defensores
pasivos sino activos. Debemos ser proactivos y generar una sociedad
transformadora, una ciudadanía activa que mejore sus condiciones.
Nuestra propuesta procura entrenar y motivar para implicarse en
proyectos colectivos, para ejercer la responsabilidad y para practicar una
ciudadanía activa, todo ello desde una perspectiva de inclusión social.
Cuando se habla de inclusión social reconocemos la realidad como multicultural,
no diferencialista, donde el respeto y la tolerancia no quedan
en mera coexistencia. Debemos buscar lo que es común y nos permite
construir una ciudadanía nueva, activa, creativa y creadora de una comunidad
más justa y democrática.
Para ello conviene que la acción pedagógica esté siempre guiada por
tres criterios básicos: el cultivo de la autonomía de la persona, la consideración
del diálogo como única forma legítima de abordar los conflictos
y el reconocimiento de la diferencia, como un valor de especial relevancia
en la construcción de una sociedad guiada por el respeto al otro,
a la comprensión del otro y a su manera de estar en el mundo. Esta
sociedad, la sociedad inclusiva, es la única en la que en el futuro podremos
vivir de manera digna, democrática y plural.
Obviamente, tal y como se puede deducir de nuestra exposición, una
propuesta de educación en valores no es sinónimo de una asignatura de
Educación para la Ciudadanía, pero debe ser coherente con los objetivos
que ésta procura y viceversa. La consideración de las propuestas curriculares
en relación con ésta y otras asignaturas en términos de competencias
coincide con lo expuesto hasta aquí, así como el hecho de que algunos de
sus elementos se complementen, entrecrucen o aborden perspectivas complementarias.
Éstas son también las características que debe reunir el trabajo
pedagógico sobre las dimensiones hasta aquí contempladas.
En Educación Infantil y Educación Primaria, además de la propuesta
curricular de Educación para la Ciudadanía que se desarrolle, conviene
aprovechar el espacio de la tutoría para el trabajo sistemático de las diferentes
dimensiones y ámbitos considerados en nuestra propuesta. El carácter
transversal de la misma no es incompatible con una propuesta curricular
específica, pero sí lo es con la falta de espacio y tiempo que sin
duda requiere. De nuevo el trabajo cooperativo de maestros y maestras,
una buena programación que evite la improvisación y la falta de sistematicidad,
y un mejor aprovechamiento de la tutoría para abordar las
acciones pedagógicas que proponemos son los mejores recursos para
lograr nuestros propósitos.


Información extraída del Portal del Ministerio de Educación, Política Social y Deporte.